La historia nos absolverá…

Buceando en la hemeroteca, la siguiente observación procedente de un periódico vitoriano publicado el 26 de enero de 1901 parece mirarme directamente a los ojos:

Que rebuscadores de curiosidades no logren consignar en el siglo XXI entre sus inútiles datos, el baldón infame de haber sido esta provincia el primer asiento del patíbulo en el siglo XX.

Toca responder al guiño que nos lanza esta breve columna, escrita por un tal Cardenio, a los apologetas de detalles insignificantes. Y aclarar si Álava, finalmente, fue la primera provincia en ajusticiar a un condenado recién iniciado el siglo XX.

Antes de lanzar esa advertencia a un futuro juicio que deshonre a los alaveses, el texto, titulado “No es bastante”, nos apunta los elementos principales del caso:

Los periódicos de estos días han dado cuenta de las gestiones llevadas a cabo en favor del desdichado Latorre, por distinguidas personalidades de Vitoria.

Pero no es bastante; no hay que contentarse con las gestiones oficiales reducidas a simples telegramas. El pueblo de Vitoria debe dar una gallarda prueba de vida. Debe acudir todo él a las gradas del trono, implorando el perdón.

Ninguna ocasión tan propicia como la presente.

Próximo a verificarse regio enlace, ¿no parece bien a los vitorianos abrir listas en que después de felicitar a la bellísima joven pronta a cambiar de estado, supliquemos interceda con su valimiento poderoso cerca de la augusta señora en cuyas manos está el ejercicio de tan sublime prerrogativa?

Firmen las listas todos los ciudadanos de Vitoria, rieguen con lagrimas sus firmas las madres, pensando en las horribles angustias de la anciana que morirá de vergüenza al ver deshonrada para siempre su familia.

Piensen las esposas en la infortunada que, transida de dolor, oprime entre sus brazos al tierno niño de dos años, pretendiendo proteger con sus sollozos al infante que antes del uso de razón se verá sellado con el patibulario estigma.

Este caso es la perfecta muestra de una realidad tristemente usual en aquella época. Desde hacía años, una buena parte de la opinión publica clamaba con fuerza contra la pena capital, y, cada vez que se daba un nuevo caso, los medios se hacían eco de la movilización por parte del pueblo y las autoridades políticas, implorando el perdón. Quizás el ejemplo más evidente de esa conmiseración hacia el desgraciado condenado a muerte lo encontramos en el caso de Juan Díaz de Garayo “El Sacamantecas”. El día posterior a su ejecución, en mayo de 1881, El Anunciador Vitoriano se preguntaba:

¿En que se funda el derecho de la sociedad sobre la existencia de uno de sus miembros? ¿En el derecho a castigar?, me diréis. ¿En que el miembro enfermo debe ser amputado? En aquél que a hierro mata a hierro muere. ¡Ah!, si esto fuese así, debería morir a hierro la sociedad, ¡pues a hierro mata!

En el suceso que nos ocupa, la presión popular apelaba además a un detalle no menor: había en el horizonte un casamiento, ¿qué mejor momento de alegría para que los monarcas concedan la absolución? Los archivos y hemerotecas, por sorprendente que parezca, están llenos de indultos derivados de cumpleaños, nacimientos, bodas y demás festividades regias. Toda excusa era buena. Y el texto hace también especial hincapié en el factor humano, subrayando la deshonra y el patibulario estigma.

Dos días después, el Heraldo Alavés sigue demandando empatía hacia los familiares del reo:

Una anciana gime con desconsuelo desgarrador. Por su piel curtida y rugosa resbalan sin cesar las lágrimas; de sus labios sólo se escapan sollozos. El hijo de su alma está condenado a muerte afrentosa.

Una mujer joven que vivía feliz con el marido que la acompañaba y la llevaba el sustento entre frases de cariño rudo, pero hondamente sentido, ha perdido la ayuda, el sustento, la alegría.

Un niño que apenas balbucea el nombre de sus padres, queda sumido en la deshonra.

Latorre, el reo que, en un arranque pasional, no en crimen fría y desalmadamente preparado, mató a un semejante, está condenado a morir en el patíbulo. Le cegó la ira, le arrebató el coraje, le exaltó lo que supuso ofensa sangrienta y cayó sobre él la sentencia abrumadora.

Es un humilde ciudadano, es un obscuro labrador, no tiene cultura ni instrucción que le civilizara. Merece el perdón con harto más motivo que el señorito encanallado, el rufián de levita, el bandido de guante blanco.

Bien, llegados a este punto, os preguntareis ¿qué crimen “pasional” había cometido el desdichado? ¿De qué se trata exactamente? La verdad que no contamos con demasiada información, pero, a grandes rasgos, podemos reconstruir lo ocurrido. El 21 de febrero del año anterior, 1900, varios periódicos de tirada nacional comunican “la muerte de un guardia civil y la herida de otro” en Labastida. Los agresores fueron Melitón e Hipólito Latorre y, según leemos en las escuetas notas, el encontronazo “ocurrió en ocasión de cumplir ordenes del alcalde desalojando establecimientos públicos” a la hora prefijada, a lo que ambos hermanos se resistieron, agrediendo a los policías. Huyeron del lugar, uno de ellos herido, pero al de un par de días fueron detenidos y trasladados a Vitoria:

A la una y media de esta tarde ha ingresado en la cárcel de este parido uno de los autores del sangriento suceso de Labastida, que ya conocen nuestros lectores. Ha llegado en un carro, conveniente acondicionado, dado el estado en que se encuentra.

Su aspecto pues, por ahora no conocemos otros datos, era el de un hombre joven; tenía vendada la cabeza, y en los colchones sobre que venía acostado, ha sido trasladado desde el carro a la cárcel.

Cuatro guardias civiles de a pie, custodiaban al detenido. Algunos jefes de aquel Instituto, esperaban la llegada en las puertas del correccional. El público ha acudido presuroso a presenciar el acto.

También hemos oído asegurar a un guardia civil de la provincia de Álava, que ha sido detenido el otro hermano Melitón Latorre.

Vemos que no solo el patíbulo estaba rodeado de morbo y cobertura mediática, también los traslados, llegadas y salidas de presos atraían al público hasta la cárcel celular de la calle Paz. En septiembre de ese mismo año se celebró el Consejo de Guerra para juzgar el suceso, en el que había resultado fallecido el guardia civil Luis Hueto, siendo también lesionados otro guardia y el sargento del puesto. Y la sentencia fue contundente: pena de muerte en garrote para Hipólito y veinte años de reclusión para su hermano Melitón. Como curiosidad, los rudos hermanos seguramente eran viejos conocidos de la Benemérita, en abril de 1887 la prensa reflejaba la detención de Melitón en Labastida como “autor del robo de cuatrocientas plantas de verdura, que le fueron ocupadas en su mayor parte, e intento de asesinato a un hermano”. Desconocemos si este episodio cainita guarda relación con Hipólito o existía un tercer hermano en discordia, pero permite imaginar una criminalidad común de poca monta.

Pasaron los meses y ya en 1901 la sentencia parecía próxima a concretarse. Por ello, durante todo el mes de febrero, el Heraldo Alavés continuó infatigable con su campaña de concienciación:

Nosotros queremos salvar la vida de un semejante que en momentos de arrebato y locura mato a quien debiera respetar, queremos que no sea la provincia de Álava donde se levante por primera vez en el siglo veinte el afrentoso patíbulo […] No fue un crimen repugnante el cometido por Latorre, no fue delito fraguado un día y otro con el infame objetivo de robar o vengarse; fue la explosión de la ira en unos instantes de ceguera; y es más disculpable el delito con apasionamientos, sin premeditaciones, que esos otros sucesos sangrientos tan comunes desgraciadamente, en los que se ve un plan canallesco, un trama repugnante.

Ese año ocupaba la alcaldía el mítico Federico Baraibar, encargado de coordinar las gestiones con la comisión que peleaba por el indulto en Madrid. Y los esfuerzos apuntaban una feliz coincidencia: el 14 de febrero estaba prevista la boda entre la princesa María de las Mercedes de Borbón (hermana del rey Alfonso XIII) y Carlos de Borbón-Dos Sicilias. Una semana antes, el 7 de febrero, la prensa publicaba con un rotundo “Gracias” la feliz noticia, explicando que durante los últimos meses el sentimiento había sido unánime:

De los pueblos de la Rioja llegaron a poder del Diputado del Distrito don Sebastian de Abreu exposiciones en que millares de vecinos solicitaban el indulto de Hipólito Latorre. El ayuntamiento y vecindario de Labastida lo pedía: lo solicitaba el Alcalde y vecinos de Laguardia: otros varios pueblos de la Rioja invocaban piedad y este sentimiento se hallaba tan arraigado que vecinos de Avalos y San Vicente de la Sonsierra, sin ser de la provincia, unieron sus firmas para solicitar el perdón.

Álava se libraba así del “tremendo espectáculo de una ejecución de pena capital”, impidiendo que “el verdugo le pusiese la infamante hopa” al ajusticiado. Al día siguiente, encontramos en el Heraldo Alavés otro detalle curioso acerca del modo en el que se abordaban mediáticamente estos hechos, la carta del reo desde la cárcel agradeciendo el apoyo y obstinación del periódico:

Llegados a este punto, ya no sabremos más sobre los desventurados hermanos, tan sólo una última noticia nos indicaba en julio de 1901 el destino final para sus condenas: Melitón la pasaría en el penal de Santoña y Hipólito en Ceuta. Parece pues que la Vitoria de principios del siglo XX ha conseguido zafarse del “baldón infamante” a ojos del rebuscador del XXI.

Dedico esta entrada a Andrés Krakenberger, quien lleva décadas batallando desde la capital alavesa contra la pena de muerte en distintas partes del globo.

Documentos empleados:

– Heraldo Alavés (26-01-1901), (28-01-1901), (05-02-1901), (06-02-1901), (07-02-1901), (08-02-1901), (09-02-1901), (13-02-1901), (16-07-1901).
El Correo Militar (20-04-1887).
La Atalaya (21-02-1900).
El Correo Español (21-02-1900).
La Rioja (23-02-1900).
La Correspondencia de España (24-02-1900).
La Correspondencia Militar (17-09-1900).

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