Esperanza de los desahuciados…

Hubo un tiempo en el que los muros de los santuarios y ermitas alavesas con una devoción más arraigada soportaban el peso de la religiosidad más popular, de todas aquellas ofrendas que buscaban dar gracias o solicitarla. Ese canal de comunicación directa con lo divino tomaba forma en ingentes cantidades de piezas anatómicas de cera, latón o plata. También serían comunes las prótesis ortopédicas, las coletas de pelo natural, y todos aquellos objetos que recordasen el haber superado un lance, el seguir con vida gracias a la intervención de la devoción correspondiente. Estas ofrendas votivas, estos exvotos, serían numerosísimos hace un siglo. Sin embargo, tras el Concilio Vaticano II (1962-1965), este abigarrado escenario, plagado de objetos mediocres −estéticamente hablando− pero sumamente ricos en términos antropológicos, desaparecería para siempre. Esa renovación pastoral no verá con buenos ojos estas muestras de devoción/superstición popular, y, para las nuevas generaciones de fieles, los exvotos comenzarán a resultar incomodos, grotescos, consumándose así el inicio de su fin.

Por fortuna, en Álava contamos con algunos exvotos supervivientes. Son escasos, y, en la medida de lo posible, iremos presentándolos en futuras entradas. La mayor parte de estos son exvotos pictóricos, más valiosos si cabe, más singulares por mostrar una plasmación clara del problema y del milagro concedido o solicitado. En esta ocasión, vamos a centrarnos en los conservados en el Santuario de la Virgen de la Encina de Artziniega, un lugar de una tremenda importancia histórico-artística. En el museo sacro del santuario, ubicado en las antiguas caballerizas, encontramos varios cuadros votivos y alguna otra pieza singular, muestra evidente de un pasado milagroso plagado de devotos y peregrinos.

En este caso, además, tenemos la suerte de poder contar con información procedente de uno de los tratados marianos más destacados del siglo XVIII: la obra Compendio historico, en que se da noticia de las milagrosas, y devotas imagenes de la Reyna de cielos, y tierra, Maria Santissima, que se veneran en los mas celebres santuarios de España de Juan de Villafañe, publicada en 1740. Allí, se indica que los milagros realizados por la Señora (la talla de la Virgen de la Encina) “han sido tantos que pudieran llenar un gran volumen, de no haber faltado su memoria, ya por la pérdida de papeles que dije, ya por el descuido en apuntarlos de aquellos que más atendían a venerar de presente la Imagen que a hacer patentes sus misericordias a los siglos futuros”.

Para, a continuación, enumerar algunos de los que han perdurado en el recuerdo. Por ejemplo, nos habla de una beata, o frayla, a la que se le cayó una gran estatua de madera en la cabeza mientras adornaba un retablo de la Capilla mayor. La dieron por muerta, pero se levantó sana y curada dando gracias a Nuestra Señora de la Encina. También refiere que la Virgen libró a una señora de Bilbao de malos huéspedes que la endemoniaban, regresando a casa alegre y contenta. Y que, a una niña tullida, ya en los últimos días, la sanó la enfermedad y la pierna, por lo que “se puso una memoria de cera, en agradecimiento al beneficio” (un claro ejemplo de que los exvotos de cera serían abundantísimos en estos templos). Lo cierto es que los niños ocupan un lugar predominante en los milagros descritos, llegándose incluso a perpetuar una práctica común en otros muchos santuarios europeos:

Por ser innumerables los prodigios que esta Santa Imagen hace, y ha hecho siempre, sanando niños de todo genero de enfermedades y males, es sabida la costumbre que hay en aquel país, de pesar los niños que han conseguido salud por su intercesión, y traer otro tanto de cera o trigo a ofrecerla a su Majestad, y no sólo los que han sanado de algún mal, o accidente, son a quienes sus padres pesan a trigo o cera, sino que muchos, luego que nacen sus hijos, hacen la misma diligencia, y enviar al Santuario de Nuestra Señora de la Encina otro tanto de estas especies, por gustoso tributo a esta gran Reina, la cual ejercita su protección, no solo librando a los que han enfermado, sino preservando a otros muchos para que no enfermen.

Para entender mejor esta singularísima tradición, podemos recurrir al libro Exvotos de Georges Didi-Huberman, uno de los acercamientos teóricos más sugerentes al fenómeno de los exvotos, que tuvimos el placer de traducir y publicar en Sans Soleil Ediciones. Allí, el historiador del arte francés nos habla de los donantes que depositaban massae cerae:

Esta práctica, llamada contra­peso desde la Edad Media, ha existido siempre en la cuenca del Mediterráneo, del mismo modo que aún existe la práctica de pesar a los niños que quere­mos salvar de la enfermedad: los colocamos en una balanza y, en un plato simétrico, acumulamos cera para “donar” hasta obtener el peso exacto del cuer­po enfermo. ¿No es esto una semejanza tan exacta y orgánica de la reproducción, por contacto, como lo pueden ser los rasgos de una cara?

Sorprende encontrar una descripción tan exacta de esta práctica ligada al mundo de la infancia en el tratado de Juan de Villafañe y en el contexto alavés. Pero, el asombro no acaba ahí, puesto que el texto también nos explica la profunda devoción que durante siglos han tenido las gentes de mar, que visitaban el lugar religiosamente antes o después de embarcarse, y también otros muchos desgraciados de diversa condición:

Es también indicio de los muchos milagros que ha obrado esta prodigiosa imagen, no solo en España, sino también fuera de ella, y no solo en la tierra, sino también en la mar, los muchos Marineros que venían y aun hoy vienen a este templo descalzos, disciplinándose, y haciendo otras penitencias, trayendo alhajas, y ofreciendo limosnas, contando al mismo tiempo suceso milagrosos de haberlos su Majestad librado de horribles tormentas, y peligros de caer en manos de infieles, como también de que los tragasen algunos grandes peces, por lo cual se veían colgados de las paredes de este santo Templo muchos modelos de navíos, pedazos de maromas y de naves sumergidas y rotas, partes de varios pescados marítimos, como dientes, cabezas, espinazos de Ballenas, y de otros monstruos incognitos.

Han sentido también la protección de esta poderosa Señora varios Cautivos Cristianos de África, que encomendándose a su Majestad, se hallaron libros por modos maravillosos, por lo cual venían agradecidos a darla las debidas gracias, dejando pendientes de las paredes del Templo muchos grillos, grilletes y cadenas, con que estaban aprisionados, y amarrados; y finalmente han sido muchos los endemoniados que han salido también del tirano dominio de Satanás, por mandarlo así María Santísima, a quien no pueden resistir, aunque lo intentan; y por saber la mano poderosa con que, por medio de esta Santa Imagen, los arroja de los cuerpos humanos, son grandes los gritos, y alaridos que dan, cuando las personas poseídas de su tiranía, se van acercando al Templo de Nuestra Señora de la Encina, por la experiencia que tienen de que a su vista son arrojados de los cuerpos de los hombres, sin volver jamás a ellos.

En estos párrafos hay muchos detalles que se nos escapan, y que merecerían una investigación más detallada, cómo esa alusión a los marinos disciplinantes, o al fascinante mundo de los Cautivos Cristianos en África (durante siglos miles de cristianos fueron apresados por corsarios magrebíes, esclavizados y retenidos con el fin de solicitar un rescate. La cifra de vascos, en principio, sería más bien escasa, por lo que cabe preguntarse de donde provenían estos devotos que traían hasta Artziniega muestras de su cautiverio). Sin embargo, en esta ocasión vamos a seguir centrándonos en los niños, analizando a continuación los tres exvotos pictóricos conservados en el mencionado museo sacro del santuario.

Curiosamente, son tres piezas prácticamente idénticas (de hecho, dos de ellas parecen obra de una misma persona), ejecutadas a mediados del siglo XVIII para conmemorar episodios de curaciones muy similares. En los tres casos el escenario se reduce al camastro donde está ubicado el niño convaleciente y a la representación en el plano celestial de la Virgen intercediendo. E incluso la decoración de los almohadones o los gorritos y vestimentas de los niños guardan cierto parecido. La transcripción aproximada de las tres descripciones del milagro es la siguiente, evidenciándose una misma voluntad de divulgar el milagro, de hacer público el favor recibido, y de constatar esa suerte de relación contractual que los infantes sellaban con la divinidad:

  • Estaba este niño desausiado sin esperanza de vida llamado Manuel de Villanueva hijo lexitimo de Manuel de Villanueva i Maria Reies de Alanvari, ofersierole a Ntra. Sra. de la Enzina y al istante sano. Año 1766
  • Estando un niño de siete meses ya desauziado y sin esperanza de vida, de mal de alferecia llamado Manuel Francisco Antonio Martinez de Novales, hijo lexitimo de D. Manuel Martinez Novales y de Doña Maria Concepzion de Retes y Castaños, vezinos de la villa de Arzeniega le ofrecieron sus padres a Nuestra Sra. de la Enzina y si vivia poner el milagro en su santa casa y luego mejoro. Año de 1755
  • Estando un niño llamado Manuel Maria, hijo lexitimo de D. Antonio de Urquijo y Armona y de Dª Agustina de Ulibarri, vizinos de la villa de Arziniega y ya desauziado y sin esperanza de vida, de enfermedad de alferecia, sus padres le ofrecieron a Ntra. Sra. de la Enzina y si vivia poner el retrato en su santa casa y luego mejoro. Año 1754

Como suele ser habitual en estos casos, se limitan a describir en unas breves pinceladas, mediante un lenguaje impersonal, las claves del milagro: nombre del enfermo y su familia, razón de su padecimiento y fecha en la que aconteció el suceso. A los tres niños se los daba ya por desahuciados (recordemos que la primera acepción del termino es la de “quitar a alguien toda esperanza de conseguir lo que desea”) y la Virgen les sano. Es también llamativo que en dos casos se mencione el mal o enfermedad de “alferecía”. Es un termino ya en desuso, una voz popular que durante siglos denominó −a ambos lados del atlántico− diversas patologías neurológicas y convulsivas que supusieron una causa de muerte infantil muy común. Era frecuente en niños de pocos meses y se utilizaba como expresión vulgar en lugar de la “epilepsia”, o confundiéndose con otros diagnósticos algo imprecisos como el popular “mal de los siete días” (trismus neonatorum) o el tétanos neonatal. No es extraño encontrar exvotos pictóricos que remitan también a la “alferecía” en tierras abonadas al fenómeno exvotista como México, y en general en todas aquellas vírgenes que presentan una especial querencia por los recién nacidos.

Antes de terminar, un último apunte acerca de una extraordinaria pieza que acompaña a estos tres exvotos en el museo: se trata del hocico de un pez sierra, datado al parecer en 1668. Este tipo de exvotos simbólicos eran también muy habituales en el mundo marinero y es hoy la única muestra superviviente de esos “monstruos incognitos” que, según Juan de Villafañe, depositaban también los devotos recordando los peligros superados en altamar. Lo cierto es que en ermitas de distintas localidades costeras del País Vasco abundan este tipo de objetos (flotadores, boyas, maquetas de barquitos, remos o conchas de tridacna gigas, empleadas en muchas iglesias como pila aguabenditera), pero es mayor la sorpresa al encontrárnoslos en Artziniega −recordemos que se encuentra a más de 30km del mar−. Sin embargo, siempre se ha dicho que el santuario de la Encina ejercía especial consuelo entre las gentes de mar, pues la cercana cima de Montenegro o Monte Peñalba les servía como referencia visual cuando se aproximaban a tierra… Entonces ya faltaba menos para poder acudir a rendir tributo a la Virgen, para dar testimonio y perpetuar en la memoria los sucesos milagrosos que habían vivido.

Documentos empleados:

Compendio historico, en que se da noticia de las milagrosas, y devotas imagenes de la Reyna de cielos, y tierra, Maria Santissima, que se veneran en los mas celebres santuarios de España (Juan de Villafañe, 1740)

Imagen destacada:

Fotografía de Marta Piñol Lloret, exvotos de cera de la tumba del Santet (Cementerio de Poble Nou, Barcelona, 2013).

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