El cogote del asesino…

El 21 de septiembre de 1879 la detención de Juan Díaz de Garayo en el centro de la ciudad de Vitoria parece poner fin a una década atravesada por el terror derivado de una oleada de crímenes que mantuvo en vilo a la provincia. Aunque no todos los asesinatos recientes pudieron achacársele (oficialmente se le inculparían seis, juzgándole y condenándole únicamente por los dos últimos), el pueblo respiró tranquilo y comenzó entonces a fraguarse la leyenda de “El Sacamantecas”. Su caso despertó un interés mediático inusitado, convirtiéndolo en un verdadero hito internacional en el temprano desarrollo de la psicología aplicada a la investigación criminal. Hizo correr ríos de tinta y tuvo algunas derivadas sorprendentes, como la que vamos a abordar en esta entrada, dedicada a los retratos fotográficos que se le realizaron una vez en prisión.

Sabemos que, durante su estancia en la cárcel celular de Vitoria, Díaz de Garayo fue visitado por infinidad de personas; familiares, doctores, periodistas o simples curiosos. En enero de 1880, en paralelo a las visitas de un equipo de galenos vitorianos encargados de realizar un informe sobre las facultades mentales del reo, accedió también a la prisión un joven fotógrafo oscense, instalado seguramente hacía bien poco en nuestra ciudad. Se llamaba Pedro Mur y Yuste y tuvo la idea de conseguir “varios ejemplares fotográficos de exactísimo parecido” del criminal, para venderlos una vez obtenido el permiso de la autoridad competente.

Lo cierto es que la licencia se hizo esperar. Un año más tarde, cuando Díaz de Garayo ya había sido sentenciado a muerte, y se libraba entonces una batalla científica a fin de determinar la cordura o locura del personaje (lo cual, en base a una aplicación rigurosa del artículo 8º del Código Penal le eximiría de responsabilidad criminal), El anunciador vitoriano confirmaba que Mur y Yuste “ha obtenido la competente certificación de propiedad artística que las leyes vigentes determinan, de los exactos y excelentes retratos fotográficos que en seis diferentes posturas ha sacado del reo Díaz de Garayo El Sacamantecas”.

Poco después, el 19 de marzo de 1881, la prensa local detallaba mejor como se efectuaría la compraventa de las mismas, una muestra perfecta de la atracción-repulsión que generaba el caso entre la ciudadanía:

La Librería Española sita en esta ciudad Plaza de Bilbao número 1, ha repartido una circular anunciando que próximo a dictarse el fallo de la justicia contra el célebre criminal Juan Díaz de Garayo, El Sacamantecas, a fin de satisfacer la curiosidad pública, excitada por tan célebre proceso, el hábil y reputado fotógrafo Sr. Mur ha obtenido el permiso para retratar a Garayo, reuniendo después varias fotografías de tan famoso criminal, las cuales, según especial mandato, no se pondrán a la venta hasta el día en que se cumpla el fallo de la ley.

La persona que desee adquirir la propiedad de venta de estas fotografías, en una población cualquiera, puede dirigirse al fotógrafo D. Pedro Mur, San Antonio, Vitoria, o a la citada casa, quienes le enterarán de las condiciones en que harán la cesión, debiendo al presentar la propuesta indicar el número de ejemplares que necesitan.

Para el día referido, también se pondrá a la venta un curiosísimo folleto, que, con el título de El Sacamantecas; su retrato y sus crímenes, se le ha encargado que escriba al reputado y conocido publicista D. Ricardo Becerro de Bengoa, suministrándole los más auténticos datos; de cuyo interesante trabajo se hará una gran tirada al precio de una peseta ejemplar.

Lo cierto es que esta nota no tiene desperdicio, permitiéndonos entender el potencial comercial de una pieza de macabra memorabilia como esta, que parece traspasar las fronteras alavesas. Además, se menciona el mítico libreto de Becerro de Bengoa, fuente ineludible a la hora de investigar el caso de El Sacamantecas, y un producto brillante que, a buen seguro, se vendería estupendamente tras la ejecución del desdichado el 11 de mayo de 1881 en el patíbulo instalado en el Polvorín.

Sin embargo, estos retratos del criminal no solo sirvieron para “satisfacer la curiosidad pública”, y también fueron discutidos desde altas instancias científicas una vez ajusticiado Díaz de Garayo. El año en el que Díaz de Garayo era detenido, el policía Alphonse Bertillon comenzaba a desarrollar en París su futuro sistema antropométrico de identificación personal. Resultado del entrecruce entre la fotografía y la criminología, su método pretendía identificar a las personas -y a los delincuentes reincidentes en especial- mediante una serie de medidas o “signos” susceptibles de no variar con la edad, partiendo de la base de la inexistencia de dos individuos absolutamente idénticos. Tras producirse la detención se realizaban las míticas fotografías del detenido -de frente y de perfil- y se rellenaba una ficha en la que quedaba registrada, entre otros datos, la longitud y la anchura de la cabeza, la longitud del dedo medio izquierdo, el color del iris o la morfología de las orejas. Díaz de Garayo no convivió con el gabinete antropométrico y fotográfico de la cárcel de Vitoria, el cual fue inaugurado en 1902, pero las fotografías realizadas por Mur y Yuste fueron debatidas igualmente y aplicaban ya, como puede comprobarse, unos criterios y fines muy semejantes.

Portadilla del folleto El Sacamantecas; su retrato y sus crímenes de Ricardo Becerro de Bengoa (1881)

Se da la particularidad de que el folleto de Becerro de Bengoa llevaba pegada en la portadilla una fotografía exenta de El Sacamantecas (el primer libro que conocemos publicado en Vitoria con ilustraciones fotográficas). Y este retrato, que, aunque carezca de firma, es sin duda uno de los obtenidos por Pedro Mur, fue duramente criticado por quienes defendieron el indulto de Garayo, aduciendo su incapacidad mental:

La fotografía que acompaña al folleto es de lo menos real que puede dar la cámara oscura, no tanto por la tosquedad de los detalles, sino también por las violentas posturas en que colocaron al retratado, con grave detrimento de la verdad.

Sobre los debates que se produjeron a raíz de la autopsia, examen y misterioso enterramiento del cadáver de Díaz de Garayo ya hablamos en una entrada anterior. A esta acusación respondió el médico vitoriano Ramón Apraiz en las páginas de la revista El genio médico-quirúrgico, apuntando que, aun siendo ignorante en asuntos de fotografía:

Sólo puedo consignar, que a cuantas personas han visto las doce o más tarjetas de distintos tamaños y con variadas posturas, he oído decir que estas eran naturales y el parecido exactísimo, notando tan sólo en el retrato la falta de toques que ordinariamente se emplean para suavizar o hermosear el semblante, disminuyendo arrugas, embelleciendo los ojos, etc., etc., cuyos retoques aquí no se han dado para que el retrato sea un retrato verdad, aunque exponiéndose a que se le considere tosco.

Hay algo que subyace a todos estos encontronazos y discusiones. Un choque de trenes irrefrenable entre dos corrientes médicas, entre una posición centralista a la vanguardia de las corrientes de la (más que discutible) antropología criminal y la postura tachada de provinciana de los médicos locales. Los primeros, tenían claras las facciones aberrantes y deformadas en el rostro de Garayo, veían en su físico un potencial criminal. Apraiz y compañía, en cambio, no intuían nada excepcional en su figura, la propia de un labrador pobre, analfabeto y atravesado por numerosos infortunios:

Si se fuera a prender a cuantos por su aspecto vulgar y cara nada simpática, se parecieran a nuestro individuo, creyendo encontrar en ellos criminales o locos capaces de ser homicidas o violadores, pronto se llenarían las cárceles y manicomios, pues abunda mucho ese género de tipos.

No contento con las explicaciones de Apraiz, el medico madrileño Manuel de Tolosa Latour siguió criticando el retrato el 31 de julio de 1881:

Sigo creyendo lo mismo: el retrato que hicieron de Garayo es de lo menos real que puede dar la cámara oscura en la presente época; en una palabra, que es un retrato muy mediano.

1º Por haber colocado el modelo con la cabeza levantada y mirando de frente, postura violenta para Garayo, y durante la cual todos saben que no permanecía en perfecta inmovilidad su cabeza. Esto quizá ha hecho que

2º No estuviera bien enfocado el retrato, detalle de inmensa importancia en fotografía como comprenderá fácilmente el Sr. Apraiz.

Respecto de los toques que dice no se han dado por amor a la verdad, sólo le responderé que se informe en casa del fotógrafo de Vitoria y cerca de todos los individuos dedicados a este arte, los cuales, sin distinción de retratos y por precisión, necesitan realzar algunos detalles borrosos, algún mechón de cabellos fuera de foco, etc., etc., con el lápiz, lo cual nunca es un crimen en el arte fotográfico. Mucho peor es presentar un trabajo tosco que no da idea exacta del original. He aquí precisamente el mérito de los fotógrafos que aspiran a algo más que a ennegrecerse los dedos con el nitrato de plata.

Desde luego, el debate parecía lejos de resolverse, sumido en cuestiones técnicas y apreciaciones personales difíciles de valorar. No hubo respuesta por parte de Apraiz, pero ahí quedo para la posteridad el enjuiciamiento al buen hacer de Pedro Mur y Yuste. Llegados a este punto, cabe hacerse varias preguntas: ¿Cuántas fotografías distintas se le hicieron a Juan Díaz de Garayo? ¿Disponemos de todas hoy en día?

Desde en un primer momento se habla de ‘retratos’ en plural. El anunciador vitoriano mencionaba “seis diferentes posturas”, pero Apraiz indica “doce o más tarjetas de distintos tamaños y con variadas posturas”. ¿Cuántas conocemos? No es fácil determinarlo, pero, aun a riesgo de equivocarme, creo que estamos de enhorabuena. Recientemente hemos tenido acceso a tres fotografías “inéditas” hasta la fecha −al menos que yo sepa−, pero antes de centrarnos en ellas, vamos a enumerar las ya conocidas.

En primer lugar, parece evidente que Díaz de Garayo fue retratado en dos momentos distintos, en el primero de ellos llevaba la barba y el cabello más largos, y presentaba un aspecto algo más desaliñado, aunque las ropas que porta no varían en ningún caso. De esta primera sesión conocemos tres posturas distintas, entre las que se incluye el retrato pegado en el folleto de Becerro de Bengoa. En el retrato de perfil, se lee abajo “Mur fotógrafo” y la dirección de la calle San Antonio 21 a la que hacía mención la noticia sobre la venta inmediata de las fotos (curiosamente, siempre se ha dicho que Pedro Mur tuvo durante años su establecimiento en la calle Estación 11, por lo que debemos suponer que antes de instalarse definitivamente ahí contó con este otro local en la calle paralela):

De una segunda sesión, en la que Garayo presenta una barba mucho más recortada, conocíamos dos retratos sentado, con los grilletes en los pies, la cabeza emboinada y una sutil diferencia entre una y otra toma, obtenidas seguramente de forma casi instantánea: la presencia en una de ellas de su famosa pipa, sostenida en la mano:

Y aquí es donde llegamos a las tres nuevas tomas, que considero una singular novedad. Actualmente, un anticuario de Budapest tiene a la venta un juego de cuatro mugshots (termino empleado para denominar a las fotos policiales, aunque estas ya hemos visto que no lo son exactamente) de El Sacamantecas por el módico precio de 4000 euros. Desconozco como han llegado hasta allí, quizás adquiridas en alguna subasta previa, pero nos ofrecen nuevos rasgos del infausto vecino de Eguilaz: una postura en escorzo, su perfil derecho y una misteriosa toma de espaldas.

Vemos por vez primera el cogote del asesino, el occipucio de Garayo. En cualquier otro caso esta foto sería absolutamente irrelevante, pero, tratándose de un individuo cuyo cráneo fue comparado con el de un Neanderthal brutal y estudiado al detalle, la cosa cambia. Todo aquel que pudo verle, anoto algún detalle sobre su cabeza, Becerro de Bengoa señaló que tenía relevantes irregularidades, “ancha en su base de oreja a oreja, y más larga en esta línea que de delante a atrás”. Tolosa Latour, quien lo visitó estando ya en capilla, unas horas antes del ajusticiamiento, fue todavía más allá:

Volvió hacia nosotros el rostro y adiviné algo como miradas entre los ojuelos vizcos y semi-ocultos por los robustos y salientes arcos de las cejas. Conservaba la cabeza semi-doblada sobre el pecho e inclinada al lado derecho. En aquella posición asombraba la deformidad de la parte posterior de la cabeza, tenía gran semejanza con un pilón de azúcar truncado; de tal suerte contrastaba el vértice de la cabeza con la anchura de la base de la misma.

En las fotografías, sinceramente, es difícil apreciar esa desfiguración tan notable. Probablemente, a tenor de la cantidad de posturas que mencionábamos, aun no conozcamos algunas de las fotografías obtenidas por Pedro Mur y Yuste en 1880. Pero estas nuevas tomas suponen un sorprendente hallazgo, una gran pieza de microhistoria. ¿Quién sabe dónde acabaran estas cuatro instantáneas? En todo caso, presuponiendo que en su día se vendieron cientos de copias de las fotografías, es probable que, en más de una casa vitoriana, extraviado entre familiares y remotos recuerdos, se halle el retrato de Juan Díaz de Garayo, confundido quizás con un zarrapastroso antepasado de tosca mirada.

Documentos empleados:

– El Genio médico-quirúrgico (31-1-1881), (7-2-1881), (25-5-1881), (7-6-1881), (15-6-1881), (22-6-1881), (7-7-1881), (15-7-1881), (22-7-1881), (31-7-1881) y (15-8-1881).

– El anunciador vitoriano (6-1-1880), (17-2-1881), (19-3-1881).

– Becerro de Bengoa, Ricardo. El Sacamantecas; su retrato y sus crímenes (Vitoria, 1881).

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s