La vida de Bernarda: escalera hacia el cielo (2ª parte)

En el capitulo anterior, tras describir sucintamente los primeros años de vida de Bernarda Ruiz de Gámiz (1745-1781), en los que un puñado de sucesos parecían haber perfilado una religiosidad temprana que poco a poco se fue acentuando, dimos cuenta de las estrictas practicas de mortificación que esta joven labradora alavesa del siglo XVIII practicaba al hilo de una estrecha relación con Jesús, en la que las visiones y tentaciones eran sumamente habituales.

En este segundo apartado, vamos a detenernos en estas “contemplaciones” que protagonizaron sus últimos años de vida, hasta el punto de convertirse casi en una constante acompañada de numerosos dolores físicos y espirituales. Bernarda comenzó a experimentar visiones a los veintiséis años de edad y, aunque en un primer momento las mantuvo en secreto, pronto decidió compartirlas a petición del mismísimo Jesús. A partir de entonces, se percibe el gran interés del confesor, el cual asegura quedar “absorto al oír las maravillas que el Señor obraba en ella”. No es para menos, si nos atenemos a las complejas situaciones y desventuras que describiremos a continuación.

Entre sus rezos y penitencias, era común tratar de meditar al respecto de la Pasión, de tal modo que, en una ocasión -en noviembre de 1774-, vio como el propio “Redentor le ponía su Cruz al hombro […] haciéndole entrega de ella”, tras lo cual padeció persistentes dolores en el pecho, la cabeza, la espalda y, sobre todo, el corazón. A partir de este episodio, sus oraciones alcanzaron un enorme poder mimético:

Según los misterios que contemplaba y meditaba, así eran los dolores. Si meditaba en la corona de espinas, la cabeza tenía dolorida. Si en los clavos, los pies y las manos. SI en la Cruz a cuestas, los hombres tenía tan doloridos que la pobrecita no podía moverse a cosa alguna, de manera que viendo que los dolores de cabeza, brazos y pies eran continuos, y le impedían trabajar en la heredad, suplicó al Señor se trasladasen al corazón.

Este detalle es importante, ya que debemos recordar que Bernarda nació en el seno de una familia de labradores y durante el día debía desarrollar diversas labores dentro y fuera del hogar. Así, pensó que el dolor en el corazón resultaría menos incapacitante. Aunque en realidad, a lo largo de todo el relato, según avanzan las visiones, parece palpitar una aversión creciente hacia el trabajo, que termina por concretarse en una conversación en la que explica al confesor su deseo de entrar en un convento. El sacerdote sabe que la posición social de Bernarda se lo impide, y trata de desalentarla recordándole que apenas sabe leer en castellano, por lo que “¿cómo has de saber el latín, que es circunstancia precisa para ser Religiosa de Coro?”. Aún así, Bernarda no desiste, y se pregunta si no será Dios capaz de hacerle “pasar unos ratos” leyendo latín. Lo cierto es que, a pesar de intentarlo, Bernarda leía cada día peor, “tales [eran las] visiones en los ojos que casi no podía ver letra alguna”. Este afán de retiro, de liberarse del trabajo, perduraría el resto de sus días. E incluso en una ocasión, en la que la joven aseguró querer aislarse en un rincón para pensar únicamente en Cristo, Jesús le echo por tierra este anhelo al responderle: “no es mi gusto que dejes a tu padre, hermanos, el trabajo y la labranza, y que vayas a un rincón […] No quiero de ti el retiro exterior y corporal, sino el espiritual e interior”.

Es interesante comprobar como el confesor describe los arranques de estos arrobamientos, tratando de dilucidar -confusamente- donde se ubican estas visiones. En distintas ocasiones emplea expresiones tales como: “se halló en espíritu”, “vio con los ojos materiales del alma” o “en visión imaginaria”. Llegado el momento, remite incluso a Santa Teresa de Jesús, para distinguir entre las visiones buenas y malas, entre las verdaderas y las falsas. Y es que suponemos, al hilo de un par de comentarios muy breves, que el caso de Bernarda había comenzado a despertar el interés no solo ya de sus vecinos de Betoño, sino de las autoridades religiosas y de las gentes de la ciudad de Vitoria. De este modo, el confesor admite que Bernarda “comenzó a ser motivo de novedad extraña”, presentándose muchas personas de la capital con intención de verla y conocerla. En verdad esta notoriedad es lo peor que podía haberle pasado, ya que a la joven le repugnaban las alabanzas y recelaba del cariño, llegando a suplicar que se publicasen en el pueblo todas sus culpas, para que aquellos que la tenían por virtuosa pasaran a tenerla en bajo concepto.

De entre sus numerosísimas visiones -divinas o tentadoras-, podemos enumerar algunas situaciones llamativas: guerreo “con representaciones de personas de ambos sexos desnudas, que decían y hacían cosas abominables”; el Demonio se le apareció en forma de Ángel en el fondo de un pozo, proponiéndole que se arrojará al vacío; se vio como oveja descarriada incapaz de alcanzar a su rebaño, y fue cargada a hombros por Jesús hasta el punto de ocasionarle una llaga. Sin embargo, vamos a describir cuatro episodios aún más destacados: la búsqueda de la alhaja, el ‘milagro’ del pan, el mensaje de las abejas y la escalera hacia el cielo.

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Fotografía de Betoño a comienzos del siglo XX.

El primero de estos episodios se inicia en una visión en la que Jesús le había recriminado el haber perdido la gracia, considerada simbólicamente una joya preciosa. Y salta de este estado de visión a la realidad al indicarle que esta alhaja, verdaderamente diminuta, la encontrará en su casa. Así, da comienzo una búsqueda que exige una concienzuda limpieza. Tras días barriendo, comienza a ‘triguerar’ toda la porquería acumulada sin éxito. Y Jesús le corrige: “¿No te haces cargo de que el triguero tiene los agujeros crecidos, y ha pasado por ellos? Toma otro instrumento”. Bernarda agarró entonces el cedazo y, tras varias semanas de infructuosa búsqueda, se dice que halló un diamante pequeñísimo. Un peculiar recordatorio alegórico de las inhabilitantes labores que tanto la atormentaban.

El segundo suceso se halla conectado también con las obligaciones cotidianas. Una mañana de agosto de 1779, mientras amasaba pan a primera hora del día, escucho el toque de campanas llamando a misa y sintió una apremiante necesidad de acudir a comulgar, aún a sabiendas de que esto supondría la perdida del producto. Confió en que Dios cuidaría del pan y a su regreso, dos horas más tarde, “halló que la masa estaba menos levantada y en mucho mejor disposición que cuando la dejó”, dando como resultado “el pan tan bueno cual nunca había experimentado”. Este episodio remite a la centralidad de la eucaristía en la vida de innumerables mujeres místicas, entendida como un acto de amor, como una pasión devoradora, como una ingesta divina de la carne de Dios -del Amado- que se hace cada vez más necesaria. En el caso de Bernarda, al tratarse de una labradora, no se le permitía comulgar todos los días, pero esta privación hacia que su fervor fuera mucho mayor a la hora de recibirla. En sus últimos años de vida, según cuenta el confesor, se le concedió poder comulgar dos o tres veces a la semana, aunque a menudo los dolores le impedían trabajar y acudir a la iglesia, y entonces, quedaba en casa comulgando espiritualmente.

El tercer episodio se aproxima ya a su final. En junio de 1780 los dolores en el pecho se agravaron y, en una ocasión, “estando hecha un volcán de fuego”, arrojó abundante sangre por la boca. Su confesor le ordenó que suspendiese durante un tiempo todos sus ejercicios de meditación y mortificación, hasta que al cabo de una semana se presento de vuelta en la Iglesia deseosa de recibir la comunión. El sacerdote la emplazó al día siguiente, y en esa ocasión Bernarda estuvo en el templo desde las cuatro de la mañana hasta la una y media del mediodía. Durante unas horas, mientras hacia otras labores, el cura la dejó sola, hasta que la cuñada se preocupó por la prolongada ausencia de la joven y al acudir a la iglesia la encontraron tendida en el suelo, con los ojos perdidos en lo alto de una capilla en cuya bóveda revoloteaban un sinfín de abejas. Bernarda estaba absorta, había perdido el sentido del tiempo, y no fue hasta el día siguiente que logró articular palabra acerca de lo sucedido. Según ella, no pudo acudir a trabajar porque quedó prendada por la visión de unos mancebos revoloteando en la iglesia. Y las abejas le dieron un mensaje, para que aprendiera de su oficiosidad, trabajando afanosamente al servicio de Dios.

La ultima de las visiones que vamos a referir fue la más recurrente a lo largo de su vida: la protagonizaba una enorme escala cuyos peldaños poco a poco fue ascendiendo a medida que superaba distintas tentaciones y tormentos. En sus últimas semanas de vida llegó a contemplarse en lo más alto y, una vez allí, tras ver a Jesús y María, oyó una voz que le decía:

Bernarda, por la alegría y humildad que has tenido al verte despreciada en la cama los días pasados, has merecido pasar el camino estrecho y ponerte en lo más alto de la escala. Desde ella has de divisar sin estorbo alguno el palacio hermosísimo, que es un diseño de la gloria, e la que en breve has de gozar.

Poco tiempo después, el 24 de enero de 1781, Bernarda Ruiz de Gámiz fallecía a los treinta y seis años de edad. Según relata su confesor, antes de apagarse la joven le expresó sonriente “En mi vida nunca he estado más alegre que ahora ¡Ay! ¡Qué consuelo! Hoy es el día en que he de ver a mi Esposo”.

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Fotograma de la película Visión (Margarethe von Trotta, 2009) en la que se narra la vida de la monja medieval alemana Hildegarda de Bingen. En un momento dado, al fallecer la abadesa con la que la joven Hildegarda se había formado desde niña -Jutta von Sponheim-, descubren en su cuerpo las heridas del cilicio colocado en la cintura.

La biografía espiritual de esta joven labradora de Betoño termina con una aparente intentona popular de “santificación”. Tras corroborarse su muerte, concurrieron al parecer numerosas personas a su casa, besándole los pies y solicitando reliquias de su cuerpo. Llevaban rosarios y los tocaban a sus manos y su rostro, tratando así de capturar la emanación de la virtus. Este final resulta sorprendente, considerando que Bernarda afirmó continuamente en vida su deseo de ser despreciada o, al menos, de aparentar llevar una vida convencional. Sin embargo, ya durante sus últimos meses de enfermedad se había constatado un interés creciente por parte de los visitantes, lo cual, como atestigua la siguiente declaración, no le hacia ninguna gracia:

Señor, aquí vienen algunas personas sólo con el fin de saber lo que hago, y después decirlo donde se les antoja: y he de poner cuidado especial en hablar y tratar con ellas, cuando están presentes, y he de pedir de comer y beber y otras cosas, para que no piensen bobadas, y me tengan por lo que soy. Algunas son unas gesteras, que sólo vienen por curiosidad, y me hablan sin consideración, como la del día pasado, que me viene a pedir hijos, como si fuera un San Fausto. Y así, Señor, no deje usted entrar sino tal cual persona, que me diga algunas cosas buenas, que el Demonio es un pícaro, y anda por perderme.

Este fragmento sintetiza el enorme conflicto que la asolaba: entre el fuego de su interioridad, donde ardía un camino personal, intransferible; y los intereses externos de quienes la rodeaban. Entre la intimidad visceral de la unión con su “Esposo” y la simulación de una aparente normalidad en conflicto con la vanidad y la soberbia. En este sentido, para terminar, resuenan las contradicciones de quien no quiso dejar huella, aparentar, destacar, pero dejó una “biografía espiritual” que aún hoy resuena con fuerza. Meses antes de su fallecimiento, en una dura recaída que a punto estuvo de acabar con su vida, le pidió al confesor, a modo casi de ultimo deseo, que si moría en la cama en la que se encontraba quitase “las tablas -con las que se mortificaba- que están en la otra cama y de ponerla en un rincón con mucho disimulo, y también puede usted recoger las disciplinas rigurosas y el cilicio mayor de puntas agudas, para que nadie lo vea. No quisiera morir hasta que se me curasen las heridas de los cilicios, no sea que las vean en mi cuerpo y me tengan por buena”.

Bernarda no quería ser tenida por buena, por virtuosa. Indudablemente, el filtro del confesor no puede ser desdeñado en esta historia, y cabe preguntarse si en este final, bordeando ya la santidad, no habría algún movimiento o interés particular por parte de las personas que le rodeaban. Una duda siempre presente a la hora de valorar estas “vidas” o “biografías” espirituales, más aún en el caso de una muchacha con escasa formación, donde la capacidad de autorrepresentacion puede verse limitada. En todo caso, su historia todavía centellea en nuestro presente, como un fascinante pedazo de historia intima de las mentalidades, atravesado por la religiosidad, las pasiones y la política.

Documentos empleados:
– Villasante Kortabitarte, Luis (ed.). Biografía espiritual de Bernarda Ruiz de Gámiz: joven labradora de Betoño (Álava): (1745-1781). Vitoria-Gasteiz : Escuela Superior de Teología del Seminario Diocesano, 1958.

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