12 del mediodía del 10 de mayo de 1881. Juan Díaz de Garayo se encuentra ‘en capilla’, su pulso marca 85 pulsaciones, y recibe entonces una copiosa comida: “sopa, cocido, lomo con pimientos, cordero en salsa, merluza, quesos y pasas”. De todo lo cual prueba un poco, “tomando despues café con leche y una copa de moscatel”.
En menos de veinticuatro horas ya estará muerto, pero conversa entonces con el juez, el fiscal, el sacerdote o los cofrades de la Oración del Huerto. También recibirá la visita del alcalde de la ciudad y del alcaide de la prisión celular de Vitoria. Se le concederá chocolate, leche, té y mucho, muchísimo tabaco. Aunque aparenta serenidad, seguramente el abuso de su pipa le delata y, tras acostarse a la una de la madrugada, pronto despertará de vuelta sin poder conciliar el sueño, esperando desvelado a que llegase la hora de escuchar su última misa.
Como anotan los corresponsales de prensa: “Díjose en el altar situado en el centro del magnifico crucero de aquella notable cárcel de Vitoria, en la que todos los presos, y entre ellos cinco condenados a muerte, la oyeron desde sus respectivos calabozos celulares”. Tras la ceremonia, recibió la comunión, se le sirvió más chocolate, siguió fumando y se le vistió con la hopa. A las ocho de la mañana abandonó la capilla y fue entonces conducido hasta el cadalso:
El conjunto de gentes que había acudido de la ciudad y de los pueblos del llano de Álava, para conocer a tan espantoso criminal, era tan grande, que apenas podía darse un paso en el camino. El patíbulo se alzaba en el centro del campo del Polvorín, y en torno suyo se agolpaban de 6 a 7000 personas, en gran parte mujeres y aldeanas.

Entre los materiales ligados a su causa que se conservan en el Archivo Municipal de Vitoria-Gasteiz, sorprenden las minutas y los gastos derivados del procedimiento. Así, se conserva la factura del sastre por la túnica, la de la cera gastada o, lógicamente, la del tabaco consumido. En ella leemos: «Cuenta del gasto de tabaco que consumió el reo Juan Díaz de Garayo durante las veinticuatro horas que ha estado en Capilla, dos cajetillas de treinta y cinco céntimos y otras dos de diez y ocho céntimos».
En cuestión de minutos el grotesco espectáculo habría terminado, pero durante horas no cesaron “las gentes de acudir en larga fila a contemplar el cadáver” del asesino. Despues, como ya pudimos analizar en una entrada precedente, el cuerpo sería sometido a examen en la morgue del cementerio de Santa Isabel, reproduciéndose sobre la mesa de disección el mismo debate entre partidarios y detractores de su locura/cordura.
Pero ese día, con la muerte del tristemente célebre ‘Sacamantecas’, hubo otra derivada inesperada, la del negocio y la macabra memorabilia. Y la inventiva se plasmó al menos de tres maneras: la primera, ya la estudiamos en su momento, al conocer la labor del fotógrafo oscense Pedro Mur y Yuste, quien obtuvo permiso para retratar a Garayo en diversas poses, para así poder vender sus fotos el día despues de la ejecución. También anduvo listo Ricardo Becerro de Bengoa, al redactar durante meses “un notable folleto con la descripción de los crímenes” que se vendió a partir del 12 de mayo al precio de una peseta en los quioscos de la ciudad. Y la tercera y ultima es quizás la menos conocida, pero también la de más larga tradición en todo el país, pues, como apuntaba la prensa: “los ciegos han vendido también, como de costumbre, curiosas copias acerca de este hombre extraordinario”.
Gracias a esta pista sabemos que el caso de Juan Díaz de Garayo también originó uno o varios pliegos de cordel, un singular genero literario asociado efectivamente a los ciegos, que entonaban estas rimas romanceadas de ciudad en ciudad, dando cuenta de los crímenes más cruentos y de los milagros y sucesos más sensacionales. De este modo, y gracias a un ejemplar de estas sencillas hojas impresas conservado en la Universitat de Barcelona, vamos a poder conocer el pliego de cordel del Sacamantecas vitoriano, salido de la imprenta barcelonesa Ullastres. No podemos garantizar que sea la obra exacta que los ciegos vendieron en la Vitoria de 1881, pero seguramente tuvo que ser una publicación muy parecida. Son tan solo dos páginas y, además de la coplilla escrita, figuran dos interesantes grabados ilustrando por un lado la “Relación de los horrorosos crímenes cometidos con varias mujeres en Vitoria (Capital de la provincia de Alava) por un extraño loco llamado Don Juan Diaz Garayo SACAMANTECAS”, y la “Causa, sentencia y muerte del asesino vasco llamado Sacamantecas, que tuvo lugar en Vitoria últimamente” por el otro.


Además de compartir la imagen escaneada de ambas páginas, transcribimos también el texto completo, pues a pesar de no contener demasiados detalles concretos del caso o del personaje, sí que nos permite alumbrar varios aspectos interesantes sobre la moral del momento, y acerca del enfoque de este tipo de pliegos. Empezamos así por la primera parte:
¡Oh! Dios del cielo y de la tierra, concédeme aliento y fuerzas, para no morir de espanto al descubrir la vileza de un hombre que estoy seguro que tiene entrañas de fiera. Y la virgen soberana inspira al sabio poeta, para hacer el fiel relato de desgracia tan horrenda. En la ciudad de Vitoria, capital de la bella Alava, hace poco ocurrieron cinco crímenes nefandos. Había un hombre llamado D. Juan Diaz y Garayo, o bien el Sacamantecas, según un apodo bárbaro. Ese sujeto tenía caprichos los más extraños, buscando en pobres mujeres satisfacerlos de grado o por fuerza, según fuesen sus delirios insensatos.
Ese tal Sacamantecas varias veces se ha casado, y dicen si a sus mujeres les daba el peor mal trato que se dio a humano ser, o mejor, a ser humano. Los instintos de Garayo, aunque nunca eran buenos, sabia disimular como un hombre de peso. Parece que fue honesto allá en sus mocedades, y en su primer matrimonio vivía como un patriarca. Mas murióse su mujer; y cuando volvió a casarse le pareció que su esposa a sus hijuelos no amaba.
Le desesperaba esto. y dicen llegó a alterarse su cabeza o su sentido por tal semejante causa. A contar desde esta fecha, comenzaron sus maldades; llevábase a las mujeres de mal vivir, a las murallas de Vitoria, y les proponía los más inicuos tratos. Llevaba siempre un cuchillo y la ocasión esperaba para asesinar sus víctimas que con ellas se cebaba. ¡Oh Dios! ¡Virgen soberana, y qué de cosas se ven en esta tierra inhumana! Cometido ya el delito, el cuerpo en sangre manando, satisfacía su apetito como un buitre de los antros. Asesinada la víctima y deshonrado el cadáver, abierto en canal el cuerpo en la tierra le enterraba. Despues de tales delitos se arrepentía y lloraba como llora el cocodrilo cuando a un hombre se ha comido.
Al cabo de algunos meses, cuando ya en su memoria del crimen no se acordaba, tenía siempre el prurito de volver a las andadas. Otra vez se dirigía a alguna pobre aldeana, o mujer de mal vivir, joven o vieja o anciana. Les halagaba los sentidos y procuraba engañarlas. En consiguiendo su objeto hacia fuera las llevaba y cometía otro crimen como si no hiciera nada. Caliente aun el cadáver, cuando en la agonía estaba todo rugiendo de coraje encima de él se lanzaba como una bestia feroz, como un zulú o bien un cafre. Satisfechos sus instintos à la difunta enterraba, y tranquilo se volvía derechito hacia su casa.
Una y dos y tres y cuatro y cinco y seis y siete, una a una cometió tantas desgracias como esta. En la ciudad de Vitoria todo el mundo se alarmaba al ver desaparecer chicas, prostitutas, y honradas así jóvenes y hermosas como feas y ancianas. Puesta en acecho la guardia y vigilando a todas partes, no tardó Sacamantecas en caer dentro sus garras. ¡No podía suceder otra cosa pues que la justicia humana lo mismo que la divina, hace ojo por todas partes!
Por un lado, vemos cierto desajuste con el número total de crímenes: ¿fueron cinco? ¿seis o siete? Aunque el resto de los datos si describe el modus operandi, la diversidad de perfiles –chicas, jóvenes, viejas o ancianas– e incluso la conciencia del delito: retrayéndose tras los asesinatos, llorando incluso con lagrimas de cocodrilo, para volver a actuar pasado un tiempo. En el segundo apartado se nos describe la nefanda jornada del 11 de mayo, con el final al que aludíamos en un principio:
Ya lo llevan a la cárcel mas él con la faz serena y con la sonrisa al labio, trepa pronto la escalera. Sin inmutarse da el nombre y responde con franqueza a las diversas preguntas que el alcaide le hiciera. Lo encierran al calabozo por primera providencia, pues el juez dentro de poco ¡ya le ajustará las cuentas! Parece cosa increíble que existan aquí en la tierra unas almas tan ruines, tan malvadas y perversas. No hay duda que el vil diablo de noche y día no cesa en envilecer criaturas para engrandecer sus huestes. Pero Dios que es bondadoso y que todo lo observa confundirá al diablo, si es que el pueblo se modera.
Se activa aprisa la causa, y el Ministerio Fiscal propone se le dé muerte a aquel loco criminal. Y el Juez que el delito estudia no pudo ¡ay! Encontrar una causa atenuante para su vida salvar. Y falla la causa a muerte, muerte en garrote fatal, para afrenta del malvado cuya culpa ha de pagar. En la nación española, los códigos determinan la pena del vil garrote, que de otros siglos deriva. Así hoy se satisface a la pública vindicta, con un horrible espectáculo porque de escarmiento sirva. Quizás sangrientos instintos, dejen de existir un día; ¡sin que sean un sarcasmo para la humanidad misma!…
Pues que la moral aún puede empero hacer algún día, que para lavar el crimen… el patíbulo no sirva; Y se imponga al delincuente penalidades diversas; que a la sociedad eviten tan repugnantes escenas. Caminando paso a paso camino a la eternidad, y en un cadalso afrentoso su delito espiará. Ya le ponen en capilla: su vida contada está; el sol que luzca mañana un cadáver mostrará. La nueva aurora ya brilla: escuchad ¡ay! escuchad, ¿oís el son allá lejos de una caja funeral? ¿Ois el clamor de un pueblo que se agita sin cesar, y el sonar de la campana que lleva la caridad? Vedle, vedle, está humillado, el reo al suplicio va; ya se sienta en el banquillo un instante… murió ya. Señor, señor de los cielos, señor de suma bondad, compadeced al que ha muerto, usad con él de piedad.
Acordaos que es vuestro hijo mísero y débil mortal, débil para las pasiones, débil para la maldad. Padres que leéis esta historia, ya veis el trance fatal de los hijos ignorantes que aman la perversidad. Si queréis que vuestros hijos huyan del vicio y maldad, enseñadles buenas máximas como es cosa natural. Poned decidido empeño su ignorancia en disipar, que la ignorancia es la venda que ciegos nos hace andar. Y con enseñanzas buenas y principios de moral, la virtud será su guía, en la virtud crecerán. Y cuando ya hombres sean, recordando vuestro afán, una y mil veces su vida por feliz bendecirán.
¡Ojalá que este consejo sea útil por demás, y regenerada veamos a la pobre humanidad. ¡Oh! padres que tenéis hijos solo advertiros me resta que de la falta de estudios provienen tales vilezas. La educación es la fuente que nos da, quita y enseña el modo con que se vive en esa bendita tierra. Por lo tanto, à vuestros hijos dadles instrucción, carrera si es que queréis evitaros que vuestros hijos perezcan en manos de la justicia por acciones tan horrendas. ¡Oh! divina soberana, tú que eres del bien emblema haz comprender à tus hijas que el mal hecho en la tierra es castigado en el cielo con penas duras y eternas.
En este caso, hay dos puntos interesantes. El primero, el tono critico con la pena de muerte que se desprende del escrito: anhelando un día en el que para lavar un crimen el patíbulo no sirva. Sobre este aspecto, ya hablamos en una ocasión anterior, recopilando numerosos recortes de la prensa local en los que se alzaba la voz contra las ejecuciones, maldiciendo el patíbulo y buscando, hasta el último momento, la concesión de indultos. Recordemos que incluso en el caso de Garayo la prensa local cuestionó la justificación de esta sentencia, como leemos en El Anunciador Vitoriano del día posterior a su muerte:
¿En que se funda el derecho de la sociedad sobre la existencia de uno de sus miembros? ¿En el derecho a castigar?, me diréis. ¿En que el miembro enfermo debe ser amputado? En aquél que a hierro mata a hierro muere. ¡Ah!, si esto fuese así, debería morir a hierro la sociedad, ¡pues a hierro mata!
La otra singularidad del texto contenido en el pliego de cordel es la reivindicación de la educación como único motor de salvación, para evitar que los hijos perezcan en manos de la justicia. Díaz de Garayo era un claro exponente de su tiempo, y del contexto en el que nació… una Álava rural, depauperada, con una infancia atravesada por la Primera Guerra Carlista y sin apenas formación. Es curioso que muchos de los perfiles que sobre él se publicaron en prensa, tras haberle tuteado en la cárcel, aludían precisamente a su interés por recibir una mínima instrucción de manos de los empleados del presidio, y del llavero Juan Jiménez en particular, quien le “había enseñado a leer bastante bien en mes y medio”.
Con la recuperación de este pliego de cordel, vinculado a la figura del asesino alavés, sumamos una nueva mirada a esta causa criminal que nunca deja de sorprendernos. Cabe preguntarse cuantos se imprimieron, cómo sería el romance que se vendió en las calles vitorianas, durante cuantos años seguirían cantándose sus crímenes y su ajusticiamiento, y sí habrá algún ejemplar perdido en algún archivo familiar vitoriano. No me consta que en Archivo Municipal de Vitoria-Gasteiz o en la Fundación Sancho el Sabio dispongan de ninguna copia. El ejemplar que aquí hemos analizado, con el plus de haber sido publicado en Cataluña, parece quizás una creación ligeramente posterior al año de ejecución, uno de tantos ecos de esta causa criminal tan celebre, que terminó elevando a su protagonista a la categoría de leyenda, situándolo en el terreno casi fantástico de los asustaniños ibéricos (el Coco, el Hombre del Saco, el Tío Saín, etc.). Resultaría quizás algo extraño narrar y vender en el mismo día de la ejecución una ‘relación’ como esta, carente de inmediatez y donde parece pesar una cierta distancia y un mínimo poso reflexivo. Justo al final del romance se anota “es propiedad de Juan Laguarda”, una pista que no nos permite afinar más el tiro, ni concretar la fecha de ejecución del romance. En cualquier caso, la imprenta en la que se realizó si encaja con el periodo analizado, pues el taller de Evarist Ullastres tuvo gran fama en la ciudad condal desde finales de la década de 1870.
Antes de terminar, merece la pena fijarse en los dos sencillos grabados que ilustran las hojas impresas. En el primero, el asesino parece casi un bandolero cuchillo en mano, a punto de acabar con la vida de una victima más, y habiendo asesinado ya a cinco mujeres, cuyos cuerpos se representan arrojados por el terreno. En la segunda página, vemos una escena un tanto genérica del instante previo a que el reo sea sentado en el garrote, con varios religiosos subidos en el patíbulo, el acompañamiento de los cofrades al fondo y una protección militar que forma un perímetro de seguridad. Junto al aparato figura quizás el verdugo, apoyado en el tornillo de la maquina letal.
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Como curiosidad, existen al menos otros dos romances basados en los crímenes de Juan Díaz de Garayo, pero son recreaciones contemporáneas que se inspiran en estas tradicionales coplas. El primero, del cual se conserva una copia en la Fundación Sancho el Sabio, guarda relación con la compañía de teatro Cátaro y con el montaje “Tiempo de 98”, estrenado en el Teatro Capsa de Barcelona el 21 de septiembre de 1972. En este caso, se emplea el formato de las aleluya, con una narración secuencial acompañada de versos.

Respecto al segundo, en 2006-2007 la Casa del Cordón de Vitoria-Gasteiz acogió la exposición “El Coco&Cía”, y coincidiendo con la misma se llevaron a cabo varias representaciones teatrales (con actores locales y bajo la dirección de Txaro Martínez) en las que se narraba el ajusticiamiento de Díaz de Garayo. En ese contexto, José Antonio Morlesín (comisario a su vez de la muestra) escribió un romance de ciego inspirado en la ejecución del 11 de mayo de 1881, en el que se incluyen un gran número de anécdotas y referencias.
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Dejamos para un futuro texto el análisis y comentario de otro puñado de pliegos de cordel vinculados con Álava, fascinados por este popular medio de expresión, siempre marcado por las temáticas más milagreras, morbosas y tremebundas.
Documentos empleados:
– El Anunciador Vitoriano (12-05-1881).
– El bien público (19-05-1881)
– «Relacion de los horrorosos crímenes cometidos con varias mujeres en Vitoria (Capital de la provincia de Alava) por un estraño loco llamado Don Juan Diaz Garayo…», colección digital Literatura de canya i cordill (Universitat de Barcelona). Signatura: FA-395_155_0001.