El magnetismo animal…

En enero de 1883, el público vitoriano pudo asistir a una completísima función de un prestidigitador de fama internacional. Durante dos domingos consecutivos, el Gabinete de Lectura(1) acogió el espectáculo nocturno de Nicolay y su hija Miss Elena, un programa dividido en dos partes principales que llevaban por título Alta magia moderna y Fascinación humana, cerrándose con un epílogo en el que se desarrollarían “algunas escenas diabólicas de lo más sorprendentes”. Lo cierto es que la exhibición no dejo a nadie indiferente, e incluso los más escépticos se vieron impelidos a pronunciarse. Así, varios artículos publicados en la Revista médica vasco-navarra los meses sucesivos al paso de Nicolay y Elena por la capital alavesa nos permiten rastrear un fascinante debate local acerca de algunos de los estados sobrenaturales alcanzados, especialmente, por Elena: “¿Será pues el caso presenciado, un efecto de fantasmagoría o magia, un caso de hipnotismo o el verdadero magnetismo animal?”.

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Son años en los que el debate acerca del espiritismo o el mesmerismo no solo se dirime en las grandes ciudades europeas, también las pequeñas capitales de provincia, como Vitoria, se encuentran bajo el influjo de estas corrientes, y esto es algo que se aprecia en los tres artículos publicados en la Revista médica vasco-navarra acerca del referido “magnetismo animal”. Pero, ¿qué era exactamente esta teoría? En realidad, hacia exactamente un siglo (en 1784) que las ideas del médico alemán Franz Anton Mesmer habían sido rebatidas duramente por el método científico, tras designarse en París una comisión de expertos que, uno por uno, fue analizando los supuestos efectos y propiedades de esta doctrina basada en la idea de que existe un fluido magnético invisible que se mueve entre los seres vivos y que puede manipularse por medio de diferentes curas, aparatos e imanes.

A pesar del descredito al que se sometió a Mesmer, los coletazos de su indemostrable teoría llegaron, como se ve en este episodio vitoriano, hasta finales del siglo XIX, gracias en buena medida al desarrollo y fama posterior de la hipnosis (derivada de ese sueño autoinducido y de esa sugestión original del mesmerismo) a partir de 1843 y a la adopción de algunas de estas técnicas, practicas y creencias en el imaginario de infinidad de magos y prestidigitadores. Así, las partes que más interés despertaron en el espectáculo celebrado en el Gabinete de Lectura hacían referencia a la “exaltación de las fuerzas”, “la muerte viva” o la “transmisión del pensamiento”. El anunciador vitoriano, principal diario de la época, afirmaba que Elena había alcanzado un estado sobrenatural, bajo el cual realizó trabajos verdaderamente extraordinarios. Y el medico que firmaba el primero de los artículos de la publicación especializada se mostraba perplejo y subrayaba varios puntos sobre los que invitaba a reflexionar a su colegas: el rostro de la chica -aseguraban que tenia unos 17 o 18 años- palideció más y más hasta percibirse algunos síntomas anestésicos, sus pupilas no sufrían alteración ninguna ante la luz y se comportaban de forma anómala, y, en un momento dado, Nicolay atravesó la piel del brazo de la joven con una gruesa aguja sin que se diera la menor señal de emoción ni dolor.

En el siguiente número de la publicación otro galeno recogía el guante y desmontaba una por una las dudas o perplejidades de su compañero. Lo cierto es que, a pesar del escepticismo que revelan las afirmaciones que enumeraremos a continuación, resulta fascinante imaginarse a buena parte de la intelectualidad vitoriana de la época apostada en una butaca de la primera fila, para comprobar de primera mano la veracidad de estos supuestos estados y fantasmagorías. Las pupilas le resultan igualmente sorprendentes, pero sugiere que podría tratarse de “un esfuerzo de la voluntad, un hábito contraído o una propiedad sui-generis de sus retinas”. La insensibilidad de la piel se debe, en su opinión, a un ‘trayecto’ comparable a los orificios de las orejas, por el que penetraba una y otra vez el alfiler de oro de Nicolay. Y todo el episodio de sonambulismo y adivinación de pensamientos entre el público se le antoja sencillamente manipulado, fruto de la confabulación con ciertos espectadores.

Lo cierto es que el primer doctor no quedo demasiado satisfecho con la respuesta, y en un nuevo artículo aportó múltiples referencias bibliográficas, estudios y citas que pretendían demostrar que lo visto en el espectáculo podía tener visos de realidad, empleando un argumento de autoridad. Sea como fuere, lo sorprendente es encontrarse con estos debates en una revista dependiente de la Academia de Ciencias Médicas de Vitoria, en la que se intercalan estudios sobre el “estado demográfico sanitario”, “la última epidemia de sarampión en los niños” o “el onanismo”. Llegados al final, hay algo en lo que los dos profesionales coinciden: “estamos conformes […] en que Miss Elena es una inimitable artista”.

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Antes de terminar, creo que Nicolay y su supuesta hija merecen al menos una pequeña reseña en la que se enumeren un puñado de detalles relacionados con su fascinante trayectoria. Su nombre artístico completo era Nicolay Faure, había nacido en Chalabre (Francia) en 1830 y, antes de convertirse en un afamado ilusionista, destacó como uno de los mayores maestros franceses del billar, actuando delante de reyes y emperadores. Resulta que su primer contacto con la magia fue por medio de un inesperado intercambio; siendo adolescente impartía lecciones de billar al nigromante alemán Wiljalba Frikell y este a cambio le proporciono unas nociones básicas de magia. Así, a lo largo de los años, se convirtió en un experto en hipnosis, desarrollando un completo repertorio que le llevo por las principales ciudades del globo. Dentro de este periplo, cabe destacar a Brasil, país en el que finalmente se estableció tras visitarlo por vez primera en 1871. A tenor de los programas de sus espectáculos que se conservan, manejaba tecnicas muy variadas, con muchos números próximos al espiritismo, tan en boga en su época -llegó incluso a representar la famosa “Cabina espiritista” de los hermanos Davenport-. Los numerosos recortes de la prensa brasileña de finales del siglo XIX nos dibujan, en este sentido, a un personaje verdaderamente mefistofélico, capaz de interpretar un truco en el que decapitaba a dos palomas, una blanca y una negra, para después intercambiarles las cabezas. Además, al igual que otros muchos prestigitadores de su tiempo, Faure fue también un pionero apasionado del cine. En 1897 adquirió un Vitascopio de Edison en Argentina y lo empleó en sus espectáculos durante el resto de su vida. Falleció en Rio de Janeiro en 1904.

¿Y que decir de Elena? Lo cierto es que desde bien temprano, Nicolay se hizo acompañar de esta ayudante tan especial -en algún periódico se recoge que la niña tenía 10 años-, pero ninguno de los nombres oficiales de sus hijas (Rosina, Paula y Louise) se corresponden con este. ¿Sería simplemente un nombre artístico? En todo caso, fue su actuación la que atrajo todas las miradas durante esa parte del espectáculo acertadamente denominada Fascinación humana

Cartelico

Imágenes: 

  1. Fotografía anónima de una sesión de hipnotismo, finales del siglo XIX.
  2. El Anunciador Vitoriano (16-01-1883, página 3).
  3. Faure Nicolay actuando ante el emperador Napoleon III. Ilustración publicada en el diario Le Monde illustré (10-07-1869).
  4. Anuncio de un espectáculo de Faure Nicolay en Rio de Janeiro (Programma-Avisador, 22-05-1886).

(1) Esta sociedad había sido fundada en el año 1841 y en el primer artículo de su reglamento se explicita que su objetivo “es la instrucción y honesto recreo de sus individuos por medio de la lectura de periódicos y libros nacionales y estrangeros. Podrán también los Socios distraerse en Juegos permitidos por la Ley”. Años más tarde, sería absorbida por el Circulo Vitoriano, acogiendo actividades culturales de diversa índole.

 

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