¿Y esas ratas, quién las mata?…

Afirma el narrador anónimo del cuento de Franz Kafka Josefina la cantora, un ratón que asume la voz de toda su especie, que su pueblo ha descuidado “por completo la investigación histórica”, y que la figura de Josefina, protagonista del relato, “se perderá jubilosa entre la innumerable multitud de los seres de nuestro pueblo, y pronto, ya que no nos interesa la historia, entrará como todos sus hermanos, en la exaltada liberación del olvido”. Es difícil superar esa condición de masa que atribuimos en ocasiones a los roedores o a los insectos, a modo de plaga, titánico el esfuerzo de invertir el punto de vista e historiar sus vicisitudes, sus grandes logros, momentos prósperos y también fatalidades.

En esta entrada, vamos a documentar unos años nefastos para las ratas en la ciudad de Vitoria-Gasteiz, durante la década de los años veinte del siglo XX, pero antes ofrecemos unas breves pinceladas sobre otro momento histórico en el que tuvieron también su involuntario e infortunado protagonismo.

***

En El triunfo de Ratón, un clásico de la literatura antibelicista de entreguerras, escrito por Lucien Descaves e ilustrado por Lucien Laforge, se nos narran los desmanes de la Primera Guerra Mundial desde el punto de vista de los ratones. Esto permite a los roedores denunciar crudamente a los causantes del horror, a los hombres, de quienes desconfían, sabiéndoles capaces de todo:

¡Y pensar que es el hombre quien nos sitúa entre los animales dañinos! Dañinas, ¿nosotras? No más que él.

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Mientras recopilaba documentación para la exposición “Vitoria: ciudad de la muerte (1835-1836)” y para sendas entradas publicadas anteriormente en este espacio, me sorprendió lo frecuentes que resultaban, durante la Primera Guerra Carlista en Vitoria, las referencias a las ratas. En los momentos de mayor sufrimiento, cuando el hambre, la enfermedad y la muerte resultaron imparables en la capital alavesa, siempre aparecían las ratas para rematar la faena y añadir el punto de depravación más absoluta. Allí donde el mínimo respeto a la condición humana se perdía, ellas irrumpían en escena.

Muchos de estos macabros episodios, tenían lugar entre los muros del desaparecido convento de San Francisco, un edificio que volverá a acaparar nuestra atención más adelante. Así, por ejemplo, nos narra Alexander Sommerville el fallido enterramiento del sargento Fletcher en el duro invierno de 1836:

Varios lanceros fueron a por el cuerpo de Fletcher y lo colocaron en uno de los agujeros que habían sido excavados como fosas generales en la parte trasera de los cuarteles instalados en el convento de San Francisco. Pero los pobres hombres débiles no pudieron, tal y como me dijeron, cubrirlo con tierra ese mismo día. Durante la noche hubo una tormenta de nieve, y para cuando se derritió, no quedaba ya demasiado del pobre Capitán para enterrar. Las ratas que se alimentaban de la Legión, habían consumido el cadáver en menos de una semana, dejando tan solo el triste esqueleto.

Poco después, cuando el sufrimiento de los soldados ingleses acantonados en la ciudad alcanza su cenit, las ratas vuelven a ser las únicas beneficiarias del conflicto y de la muerte. Se asegura que, en los hospitales y casas de cura, “no había un cuerpo que no estuviera mutilado en mayor o menor medida por las ratas” que infestaban el lugar en gran número. Lo cual dificultaba incluso el reconocimiento de los cadáveres. Pues, como asegura Sommerville acerca de un amigo:

No lo habría conocido si no fuera por su ropa, pues la cara estaba literalmente carcomida. Mientras procedíamos a sacar a algunos de los enfermos, se presentó una escena horrible, los muer­tos y los moribundos estaban entremezclados. Dieciocho yacían juntos en el suelo, seis de los cuales estaban muertos, y las ratas, sin asustarse por quienes gemían con vida, habían comenzado su particular destrucción.

En suma, parece evidente que los roedores sacaron provecho de este terrible momento, y somos capaces de poner en su boca la siguiente afirmación extraída de El triunfo de Ratón: “A los hombres ya no les basta con destruirnos: ahora se devoran entre ellos. No los imitemos, contentémonos con devorarlos”.

***

Saltamos ahora a comienzos del siglo XX, para ver como las ratas seguían presentes en gran número por toda la ciudad. En 1901, la prensa local se hacia eco en medio de una epidemia de viruela, de las pésimas medidas de higiene en algunas habitaciones de Vitoria, “que hasta los mismos salvajes pondrían reparo en habitarlas”:

Allí no se barre ni se friega, ni se hace nada relacionado con la limpieza. Reside en mi vecindad un matrimonio con ocho hijos, que hace quince años ocupa la habitación sin haber pasado por ella la escoba.

Las paredes están cubiertas de musgo y el pavimiento no se sabe si es de madera o ladrillo, porque como la tierra y la basura es abundante, la semilla se desarrolla que es un primor. Debajo de las camas suelen brotar sabrosos perrechicos, y cuando llega el verano los niños se entretienen en coger grillos que se crian por cientos.

Los vecinos que ocupan las habitaciones bajas, tienen que pasar la mayor parte de las noches en vela, escuchando las batallas que arman infinidad de ratas del tamaño de conejos. En una ocasión se les ocurrió a los vecinos introducir un gato en aquella mansión de fieras, y el procedimiento, resultó contraproducente porque las ratas se devoraron al felino.

Poco después, las quejas sobre la superpoblación de roedores se desplazaron a otro punto de la ciudad: el parque de la Florida. Ya en 1907, El Heraldo Alavés acogía las quejas vecinales, puesto que “dentro de la inutilísima cascada, de la gruta monstruo, de esa obra inmortal”, hay centenares de ratas “como en su casa, saliendo de vez en cuando a tomar su baño”. Esta situación en el conocido parque vitoriano se fue agravando con el paso de los años, hasta estallar definitivamente en la década de los años veinte. “¿Y esas ratas, quién las mata?” se preguntaba un artículo de 1924, en el que se aseguraba que “son tantas y de tal calibre, que no hay perro ni gato ni hombre que, aisladamente, al menos, se atreva a darles cara”.

Por aquel entonces, sin embargo, había otro foco igualmente polémico y céntrico en el antiguo convento de San Francisco, en donde se vivieron las horribles escenas que describíamos líneas atrás. Debemos tener en cuenta que, durante los primeros compases del siglo XX, el cenobio vitoriano había sido reconvertido en cuarteles de Caballería e Infantería. Sin embargo, el abandono del ruinoso convento era tal que, progresivamente, los regimientos fueron trasladándose a nuevos edificios construidos para fines estrictamente militares. El último cuerpo en abandonar San Francisco fue el de Caballería, a quien el 9 de septiembre de 1925 se le hizo entrega del nuevo cuartel “Sancho el Sabio -ubicado en la Avenida Santiago-. Hombres y caballos dejaban atrás un edificio invadido por las ratas, dueñas y señoras del destartalado convento desde los tiempos de la Primera Guerra Carlista anteriormente narrados, cuando estos pequeños animales se dieron un banquete. Ahora el consistorio vitoriano se topaba con un problema que era preciso atajar con cierta urgencia (puesto que, además, se rumoreaba que el complejo iba a ser derruido). Incluso una conocida marca de chocolates vitoriana se hacia eco de la polémica:

Ya está temiendo la gente
a las ratas cuarteleras.
¿Queréis quitaros el miedo?
Tomad Chocolate Ezquerra.

A mediados de septiembre, el Ayuntamiento ideo “un plan de combate” para acabar con una “nube de roedores de todos los tamaños, desde el ratoncillo saltarín y juguetón, a la nauseabunda rata, gorda y lustrosa”. Durante varios días se hicieron en el Laboratorio Químico de la ciudad “diversos preparados a base de estricnina, unas veces con carne, con trozos de pan, sebo, pasta fosfórea y trigo”, dando muerte finalmente a miles de ratas, de las cuales al menos seiscientas fueron quemadas en el laboratorio, quedando seguramente otros muchos cadáveres en los sumideros y alcantarillas.

Salvando la dimensión ahistórica de los roedores, esta masacre sería, que duda cabe, un episodio nefasto en su imaginario devenir. Sin embargo, el exterminio continuaría, pues aún quedaba por resolver el asunto de la Florida. En el periódico local se aseguraba que “desde que fueron desalojados los Cuarteles del Resbaladero y San Francisco, huyeron los infinitos roedores que merodeaban por las cuadras y patios de dichos locales, desparramándose por toda la Ciudad, y algunas -las más listas, sin duda- se instalaron en los jardines del mejor de los paseos vitorianos, al ‘olorcillo’ de la comida de las aves acuáticas de la Florida”. Justo un año después de la intervención en el convento, en septiembre de 1926, la prensa anunciaba la matanza en el parque, que en esta ocasión correría a cargo del Jardinero municipal y su equipo, empleando:

Grosboisine, fruto de una serie de estudios experimentales realizados por el químico francés A. Grosbois, producto que reviste un alto e intenso poder toxico para los roedores, siendo en absoluto inofensivo para los demás animales, incluso a las personas.

El 30 de septiembre, los periodistas afirmaban a bombo y platillo que ya no había ratas en la Florida, aunque muchas habían acabado sus días en las galerías y nichos formados en las proximidades del estanque. El ágape servido por el jardinero había acabado con cientos de ellas, pero la sociedad vitoriana parecía obviar un detalle no menor, la “enorme fecundidad de nuestra raza”, como expone el narrador de Josefina la cantora:

Una generación empuja a la otra; los niños no tienen tiempo de ser niños. […] Nosotros no tenemos escuelas, y de nuestro pueblo, a cortísimos intervalos, manan bandadas incontables de niños, siseando o pipiando hasta que pueden chillar; revolcándose o rodando bajo la presión del montón, hasta que pueden andar solos; arrollando torpemente con su masa todo lo que encuentran, hasta que pueden ver. […] Siempre nuevos, sin fin, sin interrupción. Apenas aparece un niño ya no es niño, y lo empujan nuevos hocicos, indistinguibles su multitud y premura.

Por ello, en julio de 1927 volvía a escucharse el descontento de los vecinos con la dichosa gruta (la cual, todo sea dicho, parecía no gustar demasiado en términos estéticos):

Echa agua solo durante el invierno. Ha llenado de mosquitos la Florida. Es un magnifico criadero de ratas, que por la noche salen a millares por el paseo. Ha costado un dineral al pueblo. Y esta es la hora, en que no sabemos para que sirve esa copia mala del dolmen celta.

El ciclo volvía a repetirse, el desacuerdo eterno entre hombres y ratas surgía de nuevo. Y aunque la prensa dijera jocosamente que “allí donde había legiones de ratas, construirá muy pronto casas muy baratas” -en referencia al solar que quedo vacío, tras derruirse el convento de San Francisco-, la masa de roedores simplemente buscaba un nuevo destino donde instalarse y, “descuidando por completo la investigación histórica”, seguía su curso. En los últimos años, ha vuelto a escucharse en Vitoria-Gasteiz la cantinela de la plaga de ratas. En el barrio de San Martin, en el parque de El Prado, en Salburua, la prensa habla de ello de tanto en tanto. Como asegura la protagonista de la novela La Ratesa de Günter Grass, “el asco innato del hombre hacia nuestra especie impidió a Noé actuar según la palabra de su Dios severo. Nos rechazó, nos borró de su lista […] Aceptó cucarachas de cocina y arañas cruceras, al gusano retorcido, al piojo incluso y al sapo verrugoso, tornasoladas moscardas, una pareja de cada, a bordo de su arca, pero no a nosotras”. Pero Noé cometió el mismo error que los vitorianos de principios del siglo pasado, pues al llegar la paloma de vuelta al arca aseguró haber visto “donde nada se arrastraba ni reptaba ya, caquitas de rata, caquitas de rata fresca”.

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Ahora que la amenaza se cierne sobre un único y último lobo ibérico en Álava, otra especie cuya convivencia con el humano aniquilador parece maldita, valga esta sencilla y triste entrada como primer apunte de una futura microhistoria alavesa animal.

Documentos empleados:

– Sommerville, Alexander – History of the british legion and war in Spain (1838)
Heraldo Alavés (14-09-1901), (18-12-1903), (20-09-1907), (12-07-1924), (10-09-1925), (17-09-1925), (21-09-1925), (28-08-1926), (31-08-1926), (30-09-1926), (15-01-1927), (17-07-1927), (24-07-1927).
– Grass, Günter – La Ratesa (Madrid: Alfaguara, 1988)
– Kafka, Franz – “Josefina la cantora”, en Antología de la literatura fantástica (Madrid: Edhasa, 1981)
– Descaves, Lucien – El triunfo de Ratón (Valencia: El Nadir, 2019)

Imágenes:

– Cabecera: Un cazador de ratas expone a sus víctimas en los andenes de la estación de Euston, Londres (Septiembre de 1939)

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