Latigazos diarios…

Durante los primeros meses del año 1836, en el trascurso de la Primera Guerra Carlista, la ciudad de Vitoria vivió una situación absolutamente desesperada al triplicarse su población ante la llegada constante y masiva de regimientos conformados en su mayoría por voluntarios extranjeros de muy diversa procedencia. Así, se dieron cita en la capital alavesa soldados ingleses, escoceses, irlandeses, franceses o portugueses, hacinados a lo largo de toda la ciudad en condiciones muy duras, y viendo cómo, especialmente en el caso de la Legión Auxiliar Británica, el número de enfermos y fallecidos se disparaba terriblemente, según avanzaba uno de los inviernos más contundentes de los que se tiene recuerdo en Vitoria.

En ese marco, en el que la carestía y la desesperación nos han dejado durísimas anécdotas marcadas por la muerte y la violencia, se empleó seguramente con cierta frecuencia en Vitoria un instrumento de castigo y tortura conocido como el gato de nueve colas, un látigo largo cuyas cuerdas terminan en una suerte de nudo. Gracias a los numerosos diarios, testimonios y crónicas que nos legaron muchos de los soldados británicos presentes ese año en la ciudad, vamos a aportar unas breves pinceladas acerca del uso y abuso de este terrible artefacto.

Durante décadas, el gato fue el principal medio para aplicar castigos disciplinarios dentro del ejercito británico, pero, como apunta Sommerville, lo ocurrido en Vitoria seguramente excede toda posible comprensión:

Sería difícil convencer a los lectores que nada saben acerca de la vida militar de la necesidad de restricciones severas para los soldados, especialmente durante la guerra activa, pero, aunque toda la población civil estuviera convencida de esa necesidad, todavía resultaría difícil convencerlos de la enormidad de los crímenes cometidos por individuos al mando, en y alrededor de Vitoria, durante el invierno de 1835-1836, sobre los desdichados, pobres y adoloridos por la enfermedad, quienes sufrían el hambre, el frío y la escasez de las raciones.

Efectivamente, son varios los altos cargos del ejercito a los que Sommerville denuncia en su obra History of the british legion and war in Spain, por presentar una conducta desalmada ante los cientos de soldados que yacían moribundos en los hospitales vitorianos, a los que exigían volver a sus tareas y obligaciones, cuando ni siquiera eran capaces de ponerse en pie:

Incapaz de moverse, suplicó que lo dejaran solo, para morir allí; pero ni siquiera estaban dispuestos a concederle esa satisfacción. Fue arrastrado de la esquina en que yacía, y asistieron a una escena horrible. Como prueba de su incapacidad para levantarse, había una gran cantidad de inmundicia e insectos acumulados en torno a él, y se estaba consumiendo en unos flujos que, en ese preciso momento, a causa de los ingredientes tóxicos mezclados en el pan por parte de los panaderos españoles, y otras causas, afectaba a casi todos los hombres de la Legión.  El pobre Tucker, en ese estado agonizante desesperado, recibió cuatro docenas de latigazos por orden del Capitán, para obligarlo a cumplir con su deber, jurando este último que no había nada malo en él.

De hecho, Sommerville llega a sugerir que la “prodigalidad desenfrenada de los castigos corporales” podría haber propiciado la propagación de la epidemia de tifus en Vitoria, puesto que el daño infligido obligaba a los soldados a pasar por el hospital y estar sometidos al peligro de contagio. En concreto, antes de llegar a Vitoria los soldados ingleses ya sufrieron los estragos del duro invierno en Briviesca, donde permanecieron el mes de noviembre de 1835. Allí, este autor asegura haberse encontrado con casi cuatrocientos hombres, “que se habían quedado atrás del cuerpo principal a causa de algún tipo de incapacidad. De los cuales dos tercios, al menos, no pudieron marchar y llevar sus equipos por haber sido azotados. ¿Y qué fue de ellos? Tan solo entre ochenta y cien salieron vivos del lugar, y muchos quedaron mutilados, con los pies congelados y padeciendo otras dolencias”.

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Grabado incluido en el libro de Alexander Somerville History of the British Legion and war in Spain (1839)

Este dibujo, incluido en el libro de Sommervile, da cuenta del modo en el que solía aplicarse el castigo, y explicita el amplio espacio destinado a este tema en el diario de este militar británico, que no duda en mencionar los cargos y apellidos tanto de los torturadores como de los soldados fustigados -y, en muchos casos, fallecidos-. En concreto, refiere la bestialidad de ciertos regimientos en los que llegaron a asegurarle que “no recordaban que pasara un solo día en Vitoria sin que alguno de los hombres fuera azotado”. Comúnmente, si había cerca un árbol, el hombre era atado y no se le golpeaba únicamente en la espalda, sino también en los miembros inferiores, para que no quedaran incapacitados para llevar sus mochilas o accesorios. Además, este autor critica fuertemente a los oficiales al mando que, en medio de la aplicación de los castigos, decidían arbitrariamente reducir los latigazos a la mitad, ganándose así fama de compasivos, puesto que “al tiempo que el oficial al mando se atribuía una espuria humanidad, él era en realidad la causa real y directa del castigo”. Conviene indicar que las causas que originaban estos consejos de guerra guardaban principalmente relación con la disciplina, los intentos de deserción y con faltas derivadas del alcoholismo, el juego, la venta de objetos y accesorios, etc.

Tradicionalmente, el gato se ha asociado únicamente al ejército británico, y, el resto de tropas presentes en Vitoria aquel año, usaban en cambio la vara. Esta diferencia no pasaba inadvertida a los ingleses, y, al describir el castigo contra el panadero José de Elosegui el 26 de marzo de 1836 en la plaza vieja (actual plaza de la Virgen Blanca), indican que fue “azotado con grandes varillas, algo semejante a los fasces de los antiguos lictores de Roma”. Igualmente, para terminar este artículo vamos a sumar una breve anécdota referida por el escritor Frederick Hardman, quien, tras alistarse en la Legión Británica, nos cuenta los castigos militares de una división portuguesa en el Prado de Vitoria, la cual, aunque no empleaba el terrible gato de nueve colas, era capaz de castigar con una tremenda dureza. Por la originalidad del texto, me permito transcribirla completa:

Volviendo por la mañana a Vitoria de una larga cabalgata, por el camino de Castilla topé una vez con la división portuguesa; su general, el barón, ahora conde, das Antas, iba a su cabeza y venían de la ciudad camino del Prado. Este contingente, enviado a España por el gobierno portugués para ayudar a la causa de la reina, pero a cuyo éxito, a pesar de todo, no tuvo mucha oportunidad de contribuir, consistía en algo de artillería, un escuadrón de lanceros y tres de dragones ligeros, cinco o seis batallones de infantería de línea y uno de caçadores. Su indumentaria y armamento eran tan semejantes al de los soldados ingleses que, de no ser por la falta de escarlata en los uniformes, la complexión atezada y las barbas exuberantes de aquellos hombres, habría sido fácil confundirles por una división británica. Su aspecto, tanto en los desfiles como de permiso, era admirable; en el campo de batalla, como digo, apenas tuvieron oportunidad de lucirse, por haber sido usados más que nada para guarnecer plazas ocupadas. Se decía, no sé si con razón, que el batallón de caçadores había sido enviado a España para darle la oportunidad de limpiar cierta mancha que había caído sobre él durante la guerra contra dom Miguel.

 

Algo más adelante, este mismo batallón fue muy maltratado en un encuentro que tuvo con los carlistas cerca de Armiñon, una aldea junto al Ebro, y de no ser por el valor de los lanceros, mandados por dom Carlos de Mascarenhas, y por un batallón del regimiento español de Almanza, que cubrió su caótica retirada, habría quedado sin duda mucho más diezmado aún.

 

Pero todo eso ocurrió más tarde; el día que yo les vi estaban frescos y pimpants y merecían bien el calificativo de finchados, con que los españoles se ríen de su excesiva rigidez y exagerada atención a las minucias de la indumentaria. La hostilidad que con frecuencia se ve en naciones que, por su proximidad, debieran ser amigas, es muy marcada entre españoles y portugueses, sobre todo entre los soldados. Yo tuve muchas oportunidades de observar esto en mis excursiones durante la guerra, alternando con oficiales de ambas naciones: los portugueses, bien pagados y alimentados, se reían de las raciones escasas, contada paga y uniformes andrajosos de los pobres dons, que, a su vez, menospreciaban desde la altura de su superioridad moral a sus elegantes aliados, cuyos dorados no se habían desgastado aún en los campamentos ni manchado en el campo de batalla.

 

Sus bandas de música eran buenas y marciales, pero demasiado dadas a redoblar el tambor, incluso para ser música militar, y los uniformes parecían recién estrenados para pasar revista. Me detuve en un campo de trigo para verles desfilar: la mañana era soleada y sus uniformes relucían, así como el acero y el bronce de las armas y los correajes; los rostros bigotudos y militares, sombreados en parte por las viseras de los chakós, los caballos que hacían corvetas y relinchaban, las plumas que se agitaban y los sables que rechinaban, creaban un espléndido conjunto marcial y no pude menos de decirme que, para desfilar al menos, los héroes de Lusitania eran impecables. Al llegar al Prado, que no era ni más ni menos que lo que expresaba esta palabra y estaba cercado por una pared baja y sombreado por algunos árboles, los portugueses se detuvieron y sus filas formaron tres lados de un cuadro; en lo que hubiera sido el cuarto lado estaba un grupo de guardias con un preso, y entonces recordé haber oído que un hombre había sido sentenciado a la pena de azotes por haber intentado pasarse a los carlistas. Los preparativos no tardaron mucho en saltar a la vista: un gran manojo o haz de palos recién cortados, de unos tres pies y medio de longitud y gruesos como el dedo pulgar de un hombre maduro, fue depositado sobre la hierba; varios cabos y sargentos de diferentes batallones salieron de las filas, dejaron las armas en el suelo en un montón y se situaron en el centro del cuadrado. Fue leída la acusación y la sentencia y el pobre hombre, después de serle quitada la guerrera, fue atado a un árbol y un tambor se puso junto a él. El que estaba en el extremo de la derecha de la fila de cabos y sargentos cogió uno de los palos y dio al desertor diez golpes en la espalda; luego se apartó, con el palo roto, y volvió a situarse en el extremo opuesto de la fila; su puesto fue ocupado de inmediato por el siguiente, que dio al preso el mismo número de golpes y se apartó a su vez, dejando el sitio al siguiente. Cada golpe era marcado por un redoble de tambor y la banda tocaba todo el tiempo, pero los quejidos y ruegos de clemencia de la victima se oían a pesar de la música.

 

He visto castigos corporales en nuestras fuerzas armadas, pero nunca vi un gato de nueve colas tan severo como éste; después de, por lo que pude juzgar, cuatrocientos o quinientos golpes, cesaron los gritos de angustia y me pareció que el golpeado estaba insensible, aunque más tarde me aseguraron que no fue así. Los golpes continuaron y las astillas de los palos rotos estaban humados de sangre; los hombros de la victima estaban hinchados y parecía como si llevase encima un cojín de carne viva. Por muy horrible que parezca, esta comparación es completamente exacta. No sé a cuántos golpes había sido condenado ni cuántos recibió, porque me fui poco después de terminado el castigo; por fin le desataron y le llevaron al hospital en una camilla, pero murió pocas horas después. Las tropas volvieron a sus cuarteles, con las bandas tocando a todo tocar su himno nacional: “Viva doña María”; ellos desayunaron con el apetito de siempre, pero a mí, no me da vergüenza decirlo, se me había quitado el mío por completo.

Sin animo de juzgar la completa verosimilitud de esta historia -puesto que en ocasiones Hardman remite a hechos que le han sido contados, o corren de boca en boca-, nos dibuja indudablemente un aspecto escasamente abordado a la hora de comentar este oscuro periodo para la ciudad de Vitoria: el de los castigos militares. Con respecto al uso del gato de nueve colas, se abolió definitivamente en el ejercito británico a finales del siglo XIX.

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Castigo militar británico, dibujo incluido en el libro Costumes Ancient and Modern of the Peoples of the World (1847)

Documentos empleados:

– Hardman, Frederick – Peninsular scenes and sketches (1846) [existe versión en castellano: La guerra carlista vista por un ingles (Taurus, 1967)]
– Richardson, John – Movements of the British Legion (1837)
– Sommerville, Alexander – History of the british legion and war in Spain (1838)

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