El sepulcro olvidado…

En muchas de las rutas que programamos con Álava Medieval – Erdi Aroko Araba, incursionando en docenas de iglesias del territorio, vuelvo a casa con una misma sensación: «ojalá tuviera unos días libres para ordenar ideas, rebuscar en el Archivo, y publicar un pequeño texto». Lo pienso al encontrarme con elementos patrimoniales desatendidos, con piezas insólitas o con retablos, esculturas o iglesias a las que quizás no se han dedicado unas líneas desde hace décadas. Pero generalmente, los compromisos y el ritmo acelerado de las tareas cotidianas me impiden hacerlo. En esta ocasión, en cambio, voy a tratar de arrojar algo de luz sobre una pieza injustamente maltratada, y conservada en la localidad alavesa de Cripán.

Pero antes de centrarnos en ella, conviene anotar una peculiaridad dentro del patrimonio arquitectónico religioso de este municipio: la parroquia actual del pueblo, bajo la advocación de San Juan Bautista, es un templo del siglo XVIII. Pero a escasos metros, alineada con una estupenda torre-campanario renacentista, intuimos la planta –hoy sin bóvedas, ni techumbre– de una iglesia anterior románica, titulada de Santa María y fechable en tiempos del románico (pues se conserva incluso una bonita portada). En una comarca en la que apenas se conservan elementos románicos, estos singulares restos del templo medieval resultan ciertamente interesantes (en la imagen aerea se aprecian bien ambos templos). Por otro lado, Cripán atesora dos ermitas: una dedicada a San Sebastián y situada junto al cementerio, y la otra dedicada a San Martín de Tours y emplazada en mitad del pueblo, a apenas 50 metros de las ruinas del edificio románico al que hacíamos referencia. Es en esta última donde vamos a localizar hoy día la pieza que nos interesa, un singular sepulcro gótico arrinconado en una esquina, en torno al cual se apilan piedras y restos de estelas sin orden ni concierto.

¿Qué sabemos sobre este sepulcro? ¿Quién es el finado? Si partimos de la referencia más obvia, en el primer volumen del Catálogo Monumental de la Diócesis de Vitoria, dedicado a la Rioja Alavesa, se nos dice:

Es digno de mención un sepulcro de piedra, con estatua yacente que representa un sacerdote revestido con casulla gótica.

La caja completamente lisa, que descansa sobre cabezas de león, tiene una inscripción con letra de fines del XV que dice: “Aquí yace D Martin Garcia, clérigo e cura de Cripan que desó el espital de San Martin con piecas e vinas”.

Mide 1,82 de largo, 0,51 de alto y de ancho 0,66 en la cabecera y 0,41 en los pies. Las dimensiones de la tapa son 0,70 de ancho en la cabecera y 0,66 en los pies.

Lo asociamos por tanto a un tal Martín García, clérigo y aparente fundador de una institución hospitalaria en el lugar. Al respecto de la escultura funeraria gótica en Álava es ineludible el trabajo realizado durante años por Lucía Lahoz, quien ya en 1996 apuntaba que el conjunto se encontraba “muy mal conservado”. Además, la investigadora ha analizado el escaso catálogo de piezas de este estilo conservadas en la provincia, llegando a la conclusión de que se trata del “único ejemplar funerario de la Rioja Alavesa”. En el resto del territorio, encontramos sepulcros de desigual calidad y relevancia en Armentia, Santa Cruz de Campezo, diversas parroquias vitorianas, Urbina de Basabe o Quejana. Y al respecto del ejemplar de Cripán, aun siendo único, Lahoz subraya “su escaso valor estilístico” y la mano de un “maestro poco perito”. Es cierto que artísticamente, al compararlo con algunos de los sepulcros apenas mencionados, todos de idéntica tipología con el yacente como protagonista, quizás sea el más pobre: los ropajes acartonados, el rostro apenas esbozado, las manazas enormes. Pero sinceramente, para una pequeña localidad como Cripán, y dentro del limitado panorama escultórico funerario alavés, me parece una pequeña joyita. Y además, contamos con un documento que puede ofrecernos una inesperada cantidad de datos sobre el sepultado, haciéndolo mucho más rico desde una historia social, religiosa y humana del arte.

Contra todo pronóstico, conservamos el testamento otorgado por Martin Garcia, y vamos a poder analizarlo a raíz de una inesperada carambola. En realidad, no contamos con el documento original, sino con una transcripción efectuada en Logroño en noviembre de 1758. Gracias a ello, y a la limpia grafía del notario dieciochesco, puedo entresacar los datos más singulares de su testamento, pues seguramente me habría sido casi imposible desentrañar el original.

¿Qué originó la transcripción? ¿Quién la encargó? Nada más comenzar el documento, conservado en el Archivo Histórico Provincial de Álava, se nos indica (he optado por adaptar algunas palabras a su fórmula actual, para hacerlo más legible, sin alterar el contenido):

Gregorio Leal, Notario Apostolico por autoridad Apostólica y Ordinaria, Traductor de Letras Antiguas, Compositor de Archivos, natural de la ciudad de León, vecino de la de Burgos, y actual residente en esta de Logroño; certifico.

Doy fe, y testimonio verdadero, como Don Christobal Cormano Maraño, cura párroco en la villa de Cripán del obispado de Calahorra y La calzada, exhibió ante mí para su compulsa, corrección, concordancia y certificación, un instrumento escrito en letras y caracteres antiguos, en un pergamino de tres cuartas de largo, y dos tercias de ancho, uno y otro poco más o menos, que según de él parece es el Testamento que otorgó, y bajo de cuya disposición murió, Don Martin Garcia, cura que fue en dicha villa de Cripán.

Por tanto, es obra de un notario, que a petición de un párroco del XVIII en Cripán decide compulsar lo escrito “en letras y caracteres antiguos”. Y a continuación nos lega el documento completo, destinado a que “cuantos esta carta vieren y oyeren” tomasen buena cuenta de sus órdenes.

Martin Garcia se presenta como hijo de “Garcia de Liano, vecino de Laguardia”, y enumera las mandas que describiremos para salvamiento de su “Anima, y de las Animas de mis difuntos”. La primera orden es clara: “mando enterrar mi cuerpo en la Iglesia de San Martin de Cripán, y mando un año ublada, y hublacion, y candela en Cripán”.

Aquí ya nos topamos con un primer problema: ¿iglesia de San Martin? Lahoz se sorprendía, al describir el emplazamiento actual del sepulcro “en una ermita y no en la iglesia parroquial”. Pero para las fechas de vida y defunción de Martin Garcia –y de ejecución hipotética de la escultura–, de las que hablaremos más tarde, la iglesia de Cripán sería la de Santa María a la que aludimos inicialmente. Aunque la llame iglesia, seguramente no es más que el oratorio o capilla vinculado al Hospital, la obra fundamental que va a legar. En cualquier caso, lo importante es subrayar la importante ublada, oblación u ofrenda, que Martin piensa realizar, la cual se compondría de trigo, vino y cera, gestionada aparentemente por su cuñada.

Además, para honramiento de esa iglesia de San Martin decide destinar veinte maravedís, para la compra de un ara, camisa, casulla, cinta, estolas o un cáliz. Aunque apunta un curioso dato: si en su casa hubiese estos objetos, podrían recibirlos directamente sus cabezaleros, sus albaceas testamentarios, para que los empleasen los Cofrades. Los aportes no se limitan a Cripán, pues enumera donativos en maravedís a diversas iglesias del ámbito local y regional –alguna de las cuales no logro ubicar–: “la Trinidad”, “Santolalia”, Santa María de Roncesvalles, Santa María de Ujué, el Convento de San Francisco de Logroño, Santo Domingo de Estella o los frailes de “Santangostin”. Y rebasan con creces el ámbito de lo religioso, pues legará dinero, objetos y propiedades a diversas personas. A la iglesia de Santa María de Laguardia les deja el Libro de las Epístolas; a su sobrino “el tabardo mayor”, en alusión seguramente a su mejor y más lujoso abrigo; e incluso al hijo mayor de su sobrino la posibilidad de disfrutar, “si casase”, de la casa de los Cubos y la casa del Pajar, “sin alugar y sin renta ninguna”. Es decir, una cesión para disfrutarlas en vida, revirtiendo después al Hospital.

Dentro de este listado de donativos, encontramos mención a diversas viñas, las cuales diferencia empleando alusiones al terreno o la toponimia. Y en lo relativo a la comida, apunta también un detalle interesante, para apuntalar los actos de caridad que garanticen su salvación:

Mando a Juan Garcia, mi hermano, una libreta de pan cocho en toda su vida, y que se la den mis cabezaleros de lo mío, y después de sus días que la den la dicha libreta de pan mis cofrades a los pobres que hubiese en el Hospital que yo lego, y si no hubiere pobres que lo partan el dicho pan a la puerta de San Martin cada domingo.

Desea por tanto que los pobres y vecinos puedan disfrutar durante años, en el Hospital y a las puertas de este, de pan cocido, presto para ser comido. Y tiene una especial encomienda para su criado Juanico: le entrega una viña para su disfrute “si bueno fuese”; pide que le den lecho y vino de por vida, y si decide entrar a fraile le deja el Flos Sanctorum –una valiosa recopilación de hagiografías–, capa y saya.

Llegado un punto, el testamento da ciertas indicaciones sobre el modo de gestionar el Hospital, sus espacios y funciones. Encarga que pongan dos lechos “con buena ropa” en los que yazcan los hombres, empleando para ello una casiella –una pequeña edificación aneja, habitación o celda– a la que llaman “de los Frailes”. Allí deberán asistir a los enfermos con la renta que gestionan los cofrades, hasta que se “guarezcan” o sanen. Deberán vestirles, si llegan desnudos. Y solicita que otra casiella, en la “que yacen los puercos”, la adoben para que pueda vivir en ella una tal Elvira, hija de Sancho Garcia.

Pide también que a su muerte recuperen de su casa mayor varios cubos, tinas y arcas para emplearlos en el Hospital “so clabe”, bajo llave en mano de los Cofrades. Lógicamente, también reclama que canten Misa en la propia San Martin “las Pascuas, los Domingos y los Apóstoles”. Y no se olvida de los “romeros”, para que asistan a los peregrinos con “sendas tajadas de carne, y sendos pedazos de pan y vino”.

Ante tal enumeración de actos de generosidad, no se olvida de algunas condiciones que pueden limitar el cumplimiento de lo requerido: el “clérigo que tenga amiga o sepan que vive en pecado mortal” no podrá cantar misa por su alma, ni en su entierro, bajo la amenaza de que Dios se lo demande. Y Martin Garcia desea que canten por él “tres trentanarios”, lo cual equivale a tres ciclos litúrgicos de treinta misas seguidas. El día del deceso, solicita que se entregue pan, vino, queso y carne “a campana tañida”.

Según vamos avanzando con lo expuesto en el testamento queda patente un cierto desorden y diversas reiteraciones en lo requerido, pero nos aclara que el Hospital se compondrá de las “casas mayores con la Bodega, y la casiella que decimos de los Frailes, y la otra casa que yacen las cabras”. En esta última, pide que se coloquen dos lechos de ropa para las mujeres que estén enfermas, o sanas, siendo alimentadas por los Cofrades. Reclamando también atención “si algún enbergonzado hubiese en la villa”, es decir, algún pobre de solemnidad, alguien en situación de enorme carestía, siguiendo así las “obras de misericordia que Jesu Christo” promovía.

Siempre es simpático leer algunas de las fórmulas jurídicas empleadas, pues Martin Garcia desea que lo indicado en su testamento se siga y respete “hasta la fin del mundo”. Y si alguno de los convocados en el texto quisiera “por aventura” dar pleito o hacer algo en contra de su mandato, reclama que no herede nada de lo dicho y que sus cabezaleros peleen para cumplir con lo acordado en el escrito.

Al término del documento, lógicamente, figuran los testigos y apoderados. Se nos da el nombre del escribano de Laguardia que redactó el texto original: Pedro Martinez. Y se nos aporta una fecha, lo cual resulta fundamental. Esta “carta de manda” está firmada el 10 de octubre de la “hera de mil y trescientos y ochenta y un año”. Por tanto, según la era Hispánica que parte del año 38 a. C., el testamento de Martin Garcia correspondería al año 1343 de nuestro calendario.

Además, el notario Gregorio Leal indica que bajo la firma hay una última anotación de puño y letra de Pedro Martinez:

E otrosí mando yo el dicho Don Martin Garcia el salterio viejo a Martin Ibañez clérigo mi sobrino, y mando el salterio nuevo a San Juan, y a santa María de Cripan.

Quizás se había olvidado de asignarlos, o quiso dejarlos para el final dada su valía: dos salterios, dos libros litúrgicos singulares, que destina a distintas manos. El viejo, seguramente más gastado, pero con una carga emocional, lo deja en manos del mismo sobrino al que legó su tabardo, y averiguamos ahora que había seguido su carrera eclesiástica. El nuevo, para las parroquias de Cripán: San Juan y Santa María. Este último dato es desconcertante, pues para ese periodo del siglo XIV la actual iglesia bajo la advocación de San Juan no existía en absoluto.

***

Ahora podemos volver la vista atrás, y enlazar lo descrito en el testamento con el sepulcro de piedra penosamente conservado en la ermita de San Martín. En el catálogo monumental, Emilio Enciso Viana apuntaba que la inscripción de la caja del sepulcro parecía de fines del siglo XV. En el caso de Lahoz, ha sostenido que ese dato “coincide con el estilo del yacente, que es fechable hacia 1500, más bien ya de los primeros años del XVI”. Pero señala las dimensiones diferentes de la caja y la tapa, lo cual no le permite sostener que constituyeran un mismo sepulcro.

¿Y cómo casa todo esto con un testamento fechado en 1343? En primer lugar, no conocemos la fecha de fallecimiento de Martin Garcia, lo cual podría situarnos en una posición más avanzada del siglo XIV. Y en el testamento, más allá de la orden de enterrar el cuerpo en la Iglesia de San Martin de Cripán, no se dan indicaciones artísticas o relativas al encargo escultórico. Pudiera ser que el desfase cronológico entre el testamento y la ejecución de la obra responda a un sepulcro conmemorativo ideado décadas más tarde por los cabezaleros, empleando una tipología y una letra más bien arcaizante. O que realmente la caja y la tapa no sean contemporáneas.

En cualquier caso, la combinación del sepulcro y del testamento otorga una envergadura distinta a la obra. Y aunque la historiografía la trate como pieza “bastante torpe y tardía”, y el escultor se limitase a imitar ciertas formas prototípicas, creo firmemente que merece ser valorada en su contexto. La situación actual de la ermita, cuyas paredes presentan agrietamientos y múltiples desconchados en la cal, evidencia un prolongado desuso. Y el resto del edificio ha quedado anclado en los años 80-90, cuando la ermita acogió representaciones teatrales en un sencillo escenario o tarima de madera. Como curiosidad, a los pies del sepulcro se agolpan varias estelas que han ido apareciendo en las inmediaciones del pueblo durante las últimas décadas. Todas ellas fueron documentadas fotográficamente hace años en la colección de Gerardo López de Guereñu Iholdi, y tampoco parece este el lugar ideal para “exhibirlas”. Estas piedras ocultan además el soporte del sepulcro, conformado por cabezas de león muy desgastadas y deterioradas.

Ojalá en un futuro la ermita en su conjunto, y el sepulcro y las estelas en particular, puedan ser restauradas y exhibidas con la dignidad que merecen. Considerando también el objeto y función original del Hospital, del que indudablemente deriva el edificio actual y la devoción a san Martín. Como ya analizamos en algún texto precedente vinculado a las últimas voluntades y testamentos, aunque pretendamos que nuestros deseos se respeten “hasta la fin del mundo”, lo común es que la gloria acumulada en vida se convierta en olvido… por suerte, la robustez de la piedra –e imagino que la tradición arraigada en el pueblo de conservar el sepulcro, generación tras generación– ha hecho posible su delicada conservación.

Más pronto que tarde, el abultado patrimonio alavés va a requerir de nuevas fórmulas de gestión y mantenimiento. En lugares donde la devoción popular difícilmente va a reverdecer, pero cargados de significado y valor para las pequeñas comunidades, es preciso comenzar a pensar con audacia en nuevos usos, funciones y cotitularidades.

Documentos empleados:

– Lahoz Gutiérrez, Lucía. Escultura funeraria gótica en Álava (Vitoria-Gasteiz: Diputación Foral de Álava, 1996).

– Lahoz Gutiérrez, Lucía. «Promoción y patronato religioso en el gótico en Álava», en Norba: Revista de arte, n.º 16, 1996, págs. 19-34.

– Testamento otorgado por Martín García, cura de Cripán (Álava). Archivo Histórico Provincial de Álava, signatura ESC,22861.

Catálogo monumental Diócesis de Vitoria, Vol. 1.

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