Esta misma semana un periódico digital local reflejaba el auge de las flores de plástico en el cementerio de El Salvador de Vitoria-Gasteiz. Ciertamente esta tendencia no es nueva, pero el artículo habla de una costumbre cada vez más extendida, pues tan solo el 1 de noviembre “lo natural gana la batalla a lo artificial”.
En realidad, esta anécdota me hizo recordar un breve relato de un escritor local, a quien vamos a dedicar esta entrada. De este modo, sumamos un eslabón más a la cadena de referentes de las letras alavesas entre finales del XIX y principios del XX, junto con los escritos que ya dedicamos a Alfredo Tabar Ripa o Félix Aguirre.
En esta ocasión, nuestro protagonista es José de Roure y Mesquiriz (1864-1909). Efectivamente, el apellido le delata, pues es hijo Gerónimo Roure Fernández: galeno cordobés afincado en la capital alavesa en 1853, referente de la medicina local durante la segunda mitad del XIX y figura clave en el ámbito sociocultural de la ciudad (ejerciendo como presidente del Ateneo Vitoriano desde la fundación de esta institución hasta su muerte, en 1876).


Como se apunta en la introducción de Fermín Herrán a su libro Fantasías Vascongadas, publicado en 1897, José Roure apuntaba maneras desde pequeño:
Hijo, José Roure, de una personalidad que tan grandes méritos intelectuales tenía, venía obligado al salir al mundo a continuar honrando el apellido que llevaba su familia, y no parece sino que fijo en ello estaba su pensamiento, pues es imposible encontrar otro escritor que en tan tiernos años diese muestras de mayores disposiciones para el cultivo del arte literario.
Bullía en su mente un sin fin de novelas terroríficas y de dramones el género más estrafalario; pero en sus trágicos pensamientos y proyectos descollaba, siempre viva, la chispa del ingenio. Era por aquellos días, cuando veraneaba en Vitoria el docto catedrático de la Universidad Central, D. José Amador de los Ríos, unido con vínculos de estrecha amistad, con el inspirado poeta Juan Justiniano Nepomuceno y Arribas y el padre de José Roure, D. Jerónimo. Y aquel docto catedrático y este inspirado poeta, se hacían lenguas y reían a carcajadas, que encerraban cariño y admiración, de los fenomenales proyectos literarios que el niño Pepe Roure exponía y defendía con singular atrevimiento.
Ese ímpetu juvenil se fue perfilando y, tras estudiar derecho y periodismo, se terminó convirtiendo con el paso de los años en escritor con “un puesto de honor entre los más delicados cuentistas españoles”. En este sentido, la inmensa mayoría de su producción escrita vio la luz en la prensa, y sus cuentos alcanzaron popularidad en las páginas de la mítica revista ilustrada Blanco y Negro. Además del volumen ya referido, publicado bajo el auspicio de la Biblioteca Bascongada de Fermín Herrán, vieron la luz dos compilaciones más de escritos: Cuadros de género (1888) y Cuentos madrileños (1902). En esta última antología es donde nos topamos con “Flores de trapo”, el cuento que transcribiremos enseguida.
Además de su faceta como cuentista, José Roure desarrolló una fecunda labor periodística: colaborador en Revista de las Provincias Euskaras o Euskal Erria; redactor en El Liberal o ABC y, principalmente, me parece significativa su vinculación con el semanario satírico Gedeón. En el periodo de entre siglos, esta revista madrileña de carácter conservador, nacida en 1895, alcanzó una enorme popularidad. La publicación fue ideada por tres escritores que habían coincidido en Blanco y Negro: Luis Royo Villanueva, Francisco Navarro Ledesma y quien nos ocupa, José Roure Mezquiriz, director de la misma hasta su temprano fallecimiento.

Como se apuntó en la necrológica que se le dedicó en Euskal Erria, “Roure debía toda su popularidad, que era enorme, a artículos que no firmaba”:
Los antiguos «jueves de Gedeón», y más recientemente los «domingos», eran ansiosamente esperados, saboreados con deleite, leídos por todo el mundo en España, y habían conquistado la admiración unánime del público para el ingenio privilegiadísimo que los escribía.
El ironismo de Roure, su léxico elegante, su gusto artístico, su sátira amable y de buen tono, eran inimitables. No tuvimos en los tiempos últimos quien superase a este escritor distinguido é intencionado. Roure, que tanto y tan donosamente ha bromeado acerca de las ridiculeces de sus contemporáneos, lo hizo con tal gracia y comedimiento, que jamás tuvo ni un enemigo. Por el contrario, disfrutó siempre de muchas y profundas simpatías.
Estamos por tanto ante uno de los representantes más populares de las letras alavesas en los primeros años del siglo XX, aunque su figura, indiscutiblemente, fue prontamente olvidada y no ha sido apenas atendida a nivel local. Fallecido en 1909, a la edad de 45 años, fue enterrado en el cementerio madrileño de San Justo.
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Como hemos apuntado al comienzo, en esta ocasión recuperamos únicamente uno de sus cuentos, “Flores de trapo”, en el que un personaje que aborrece las flores artificiales sufre una pequeña revelación.





