Carnaval glorioso…

¿Cómo se vivía el carnaval en la Vitoria del XIX? Vamos a tratar de aproximarnos a este singular paréntesis festivo a través de una fuente excepcional, apreciando además la fuerza irrefrenable del jolgorio incluso en tiempos revolucionarios, de gran turbulencia política.

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A finales de septiembre de 1868 el país se vio sacudido por “La Gloriosa”, sublevación revolucionaria que dio como resultado el destronamiento de Isabel II y la iniciación del llamado Sexenio Democrático. En el caso vitoriano, este periodo de apertura coincide con los años de la ‘Atenas del Norte’, en los que una brillante generación de intelectuales impulsó infinidad de proyectos e instituciones que se valieron de estos nuevos aires. Y todo un ramillete de entidades hermanadas con el Ateneo Científico, Literario y Artístico de la ciudad aprovecharon los nuevos decretos gubernamentales, en los que se velaba por la libertad de imprenta y asociación, multiplicando la oferta de revistas, periódicos y panfletos de la más variada ideología.

Sin duda, uno de los hijos más notables de la Revolución de 1868 en Álava fue Ricardo Becerro de Bengoa. En mayo de ese mismo año, con tan sólo 24 años de edad, había decidido fundar su propio semanario, titulado El Mentirón. Anunciándose como “el periódico ilustrado más barato del mundo”, prometía hacer llegar cada domingo a los hogares vitorianos una selección de artículos alegres y chispeantes sobre costumbres alavesas. Aludía así desde el propio título escogido al carácter popular de la publicación, en referencia a ese rincón del centro de la capital alavesa donde las gentes se reunían a charlar y cuchichear. Parecía inicialmente una publicación inocente, sin demasiada profundidad política, pero, según avance el año y estalle el conflicto, Becerro de Bengoa no dudará en abordar la convulsa coyuntura política, reflejando los debates e intereses de su tiempo.

Así, ya en el número del 11 de octubre de 1868, El Mentirón toma partido, mostrando el júbilo ante la nueva situación política y enunciando, a través de los números sucesivos, su programa ideológico, con la intención de acercar ideas complejas a las clases más populares. Tras el triunfo de la revolución se conformó un gobierno provisional. Y pronto tuvieron lugar unas elecciones con sufragio universal masculino, promoviéndose además un periodo de reflexión sobre el sistema de gobierno y la redacción y confirmación de una nueva constitución, en la que, por vez primera, se introdujo una declaración formal de derechos individuales.

En ese momento, la piedra angular del pensamiento del joven Becerro de Bengoa en El Mentirón será el régimen foral: un sistema político-administrativo puramente vasco, mitificado, que él pretende extender al resto del territorio español. Además, se abría entonces un intenso debate acerca de la forma ideal de gobierno: ¿república o monarquía? En este sentido, él apuesta firmemente por una república federal, aunque parece muy cercano al llamado “accidentalismo”, según el cual se podría aceptar un régimen monárquico siempre y cuando acatara un cierto programa político.

Tras el estallido de la revuelta, El Mentirón comenzó a combinar dos líneas en sus contenidos: por un lado, los chascarrillos cotidianos y la agenda provincial; por el otro, el posicionamiento ante la coyuntura nacional y el compromiso político. Y, en ocasiones, ambos tonos podían llegar a mezclarse.

Así, llegamos al mes de febrero de 1869 y, durante dos semanas consecutivas, Becerro de Bengoa decidió informarnos sobre el desarrollo del Carnaval. La primera nota la encontramos en el número del día 7, antes de que el festejo acontezca, y en ella se pasa revista a la intensa programación prevista: el Circulo Filarmónico celebrará tres bailes de disfraces estrambóticos; el teatro abrirá también sus puertas las tres noches, y allí podrá disfrutarse de “las diabluras y chistes de los encubiertos personajes” y de “las delicias del baile”; el salón Esmeralda acogerá bailes públicos de máscaras, y otras muchas reuniones particulares servirán también para lucir “elegantes y caprichosos disfraces”.

Sorprende además conocer el tipo de trajes y disfraces escogidos por las mujeres y hombres de Vitoria. Respecto a ellas, Becerro de Bengoa ha podido ver los ya confeccionados: “uno de María de Médicis, otro de Menina del tiempo de Felipe IV, otro de duquesa de Pompadour, algunos de cazadoras de la época de don Juan II y otro precioso de María Stuardo”. En el caso de los hombres, “los trajes predilectos son de Carlos I, de Luis XV, de Pierrot y de currutacos a la antigua”. Es llamativa la carga histórica de muchos de los personajes escogidos, principalmente en comparación con los disfraces actuales.

Además, se habla también de las comparsas que recorrerán las calles, entre las que destaca “una compuesta de zuavos con vistosos trajes y otra de aragoneses que ostentarán el vestido peculiar de aquel país”. En esto último no hemos cambiado demasiado, y son muchas las vestimentas regionales que siguen empleándose hoy en día en los disfraces, aunque es un tema discutible por la reducción al estereotipo o la caricatura de un elemento identitario. De este modo, El Mentirón deja claro que el carnaval de 1869 promete estar “animado y brillante”. Y, una semana más tarde, la pormenorizada descripción ofrecida en este divertido semanario nos lo confirma.

De este modo, el número del día 14 lo resume de la siguiente manera: ni un álbum de cincuenta paginas (frente a las cuatro de El Mentirón) bastaría “para trazar a rápidos plumazos el bosquejo de los Carnavales del año sesenta y nueve”. Como apunta Becerro, quizás algunos hubieran preferido que “abundaran en las principales ciudades de España, los horrores, las tristezas y las aberraciones de el encono político sobreexcitado”. Pero, al contrario, fueron días felices, “llenos de vida y de esplendidez”, con “cuatro mil jóvenes de ambos sexos” agitándose durante tres días “en todas direcciones, en todos sentidos”, y sin que el doctor tuviera que “curar ni un solo rasguño”.

Recaredo Bay, el alias con el que Becerro de Bengoa redactaba el semanario, trata incluso de aportar divertidas cifras: “dos mil setecientas cantaras de vino se han despachado; mil quinientas caretas se han roto; trescientas docenas de bromas han caído en mutuo atacar, y sobre poco más o menos se han bailado 7250067524301996443050724 miles de compases”. Y después, nos describe algunos puntos interesantes, como el de una cuadrilla disfrazados de bebés que portaban escrito el emblema de “limosna para los pobres”, mientras realizaban una cuestación que posteriormente depositaron en manos de la Junta del Hospicio. O la alusión a una danza de vascongados o a un grupo de “turcos mamelucos, con grandes turbantes y exageradas pantuflas orientales”, que deberíamos sumar a los zuavos y aragoneses anteriormente mencionados.

Además, se resumen dos escenarios particularmente llamativos. El primero es una suerte de sátira política teatralizada:

La resolución política de España: notabilísima parodia, dirigida por un chispeante e ingenioso joven vitoriano, en la que figurando todos los presuntos candidatos al trono de España, después de haber sido oídos en audiencia por esta, quedaron relegados al olvido cuando se abrazó con la república. Los caracteres de los personajes; las alusiones políticas y el gracejo de los diálogos, han producido mucho que reír y que contar en todos los días transcurridos desde entonces.

No se apunta la identidad del joven, pero el modo de representar el debate entre monarquía o república, y la sorna acerca de los candidatos al trono, nos recuerda enormemente a varios diseños de Becerro de Bengoa publicados en el propio El Mentirón, por lo que debía tratarse de algún amigo con quien tuviera una simpática política (sobre el republicanismo del autor desde su adolescencia, ya publicamos una entrada anteriormente). Estos tres diseños, por ejemplo, aparecieron en el semanario entre noviembre y diciembre de 1868, tan solo unos meses antes:

En segundo lugar, se nos dibuja un carnaval vitoriano con un componente satírico mucho más evidente que en la actualidad (puede que ese año incluso más marcado, al tratarse de un momento clave de apertura):

La cabeza parlante; grotesco cuadro de imitación satírica, en el que varios jóvenes dieron una broma completa a las cuestiones más importantes que de ordinario se suelen tratar en Vitoria.

El carro de Baco; colección de alegres músicos y operistas; que por no cansarse en correr detrás de sus embromados amigos, disparaban desde sus sosegados sitiales las agudezas y alusiones propias del día.

Por último, se incluye un reporte completo dedicado a “Los Bailes”, en el que se alude ampliamente al galanteo excepcional entre hombres y mujeres durante estos días señalados, y se incide especialmente en ellas, hasta el punto de que muchas exclamaban: “¡Qué lastima que no sea Carnaval toda la Cuaresma!”.

Ambos números, del 7 y el 14 de febrero, incluían una ilustración del propio Becerro de Bengoa. En la primera, creemos intuir su autorretrato a mano izquierda, brindando a la “salud de los nuestros”. En la segunda, podemos identificar muchos de los elementos narrados, en esta suerte de espiral carnavalesca: los aragoneses, las danzas vascas al son del tamboril, el grupito que solicitaba limosna o incluso la aludida cabeza parlante.

Nos hemos asomado, gracias a este álbum vitoriano, al carnaval de hace más de 150 años. Una ventana privilegiada a nuestro pasado, que podemos combinar con una vieja entrada de este mismo espacio, en la que pretendimos seguir la pista a las referencias documentales que nos pudieran alumbrar acerca de los orígenes del carnaval rural en la provincia de Álava.

“¡Salud pues e inolvidable memoria de los Carnavales de 1869!”.

Documentos empleados:

– El Mentirón: hojas para un álbum vitoriano, 07/02/1869 y 14/02/1869.

Imágenes:

– Cabecera: Carnavales en Vitoria-Gasteiz, 1913-1914 (fotografía de Enrique Guinea, Archivo municipal de Vitoria-Gasteiz).

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