Ciudad de conspiradores…

Regresamos al siglo XIX y a los diarios de viaje. Y una vez más, gracias a la posición estratégica de la capital alavesa, contamos con el relato de un afamado dibujante y novelista francés a su paso por Vitoria. Nos referimos a Albert Robida, un autor al que mayormente se recuerda como pionero de la ciencia ficción y de las novelas de anticipación, reflejando en sus escritos y dibujos las condiciones utópicas de la tecnología en los siglos XX y XXI.

Además de esta faceta fantástica, Robida publicó también varios libros en los que se reflejan sus viajes por el continente europeo. Y, en esta ocasión, nos vamos a asomar a la obra Les vieilles villes de l’Espagne: notes et souvenirs, publicada en París en 1880.

Por lógica, nada más atravesar la frontera, la primera parada de Robida le llevó hasta Fuenterrabía, a la que dedica todo el capítulo inicial del volumen. Y para calibrar también el tono jocoso de algunos de sus comentarios, la narración comienza con la siguiente afirmación, que emplearían como carta de presentación:

Hemos venido a España con el objeto de escribir un libro de las costumbres españolas, y si vemos pulgas, mi compañero, que es pintor, hará el retrato de ellas y lo pondremos en el volumen con el nombre de la posada!

Tras visitar la hermosa villa guipuzcoana, el siguiente destino del escritor francés ya fue la capital alavesa. Y antes de iniciarse el capítulo, se incluye un fabuloso dibujo de Robida en el que refleja el ajetreo de la plaza de la Virgen Blanca.

El dibujo es bien detallado, y podemos apreciar algunos aspectos interesantes. Bajo la balconada, vemos el letrero de ‘Casa Flores’, la librería y almacén de papel de Herrero y sucesor. Es posible identificar este comercio en varias fotografías de la época, pero no he localizado ninguna otra referencia al negocio contiguo, dedicado aparentemente a la quincalla. En el pórtico, sobre la hornacina de la Virgen Blanca, puede apreciarse un elemento saliente con el anagrama de la Virgen (M). Y atravesando la plaza, un par de hombres encapotados, una mujer con su niño en brazos o un carro tirado a caballo estacionado sobre el talud.

Ahora sí, comienza el capítulo dedicado a Vitoria, y quizás lo ideal sea traducirlo al castellano y transcribirlo completo, para finalmente analizar alguno de los pasajes.

***

Con el corazón encogido tuvimos que alejarnos de Fuenterrabía, tan atractiva a pesar de su cielo lluvioso, para tomar el tren de Irún a Vitoria.

El paisaje que recorre el ferrocarril es, desde su salida en Irún, deliciosamente ondulado. La ruta se adentra entre imponentes montañas, en las que aparecen pequeños paisajes de lo más variado: aldeas fragmentadas, granjas situadas en las alturas, estaciones incendiadas por los carlistas, molinos de agua ubicados junto a algún arroyo o torrente que baja de las montañas, o grandes pueblos con viejas casas negras, apiñados alrededor de una iglesia todavía más oscura.

El ferrocarril bordea la Bahía de Pasajes y, afortunadamente, se detiene en el punto justo, permitiéndonos admirarla durante cinco minutos. Esta bahía es una suerte de lago estrecho, ubicado entre montañas boscosas y rocas que apenas dejan entrever un estrecho canal; las casas del pueblo se encuentran dispersas entre la vegetación que la rodea. Un puerto natural absolutamente seguro, en el que veleros, vapores y barcos pesqueros se mecen suavemente.

Unos kilómetros más tarde pasamos por San Sebastián, la Trouville de España, un balneario dominado por una ciudadela en lo alto de una gran roca. Los paisajes, casi suizos, continúan. Vislumbramos Hernani, una localidad industrial en la que asoma una única columna de humo, procedente de una fábrica; más tarde, Tolosa, la capital del último levantamiento carlista, y al caer la noche llegamos a la estación de Vitoria.

¡Toda la verdad, y nada más que la verdad! Que España tenga cuidado, Vitoria es un lugar encantador, pero es un hervidero de terribles conspiraciones.

Nada más llegar a la calle principal, nos llamó la atención de inmediato el extraño aspecto de la población: Vitoria no tiene habitantes, sino más bien sombras de habitantes, misteriosamente envueltos en capas.

Tanto en las calles principales como en las pequeñas, por todas partes se vendían capas y nada más que capas.

Envueltos de pies a cabeza en las capas más amplias y oscuras, con sombreros similares —todos auténticos bolívares (1)—, los doce mil habitantes de Vitoria van y vienen, circulan, aparecen y desaparecen bajo los soportales, con un aire semejante al de los más perfectos esbirros del Consejo de los Diez (2).

Durante el día, este movimiento de sombras ya es bastante constante, pero, al caer la tarde, estas misteriosas capas, más oscuras que nunca, comienzan a dar vueltas con obstinación y gravedad bajo las farolas de gas de la Plaza Mayor; y esto continúa hasta muy tarde. La gente habla en voz baja; y en una calle lateral, un alguacil armado con una pica y una linterna lanza gritos desconocidos en el silencio de la noche; es el sereno, el vigilante nocturno, quien anuncia las horas a las capas y a las casas.

Entonces, de uno en uno, de dos en dos, o de tres en tres, nuestros conspiradores —porque claramente lo son— se dirigen hacia un edificio sombrío, emplazado en una plaza oscura. Atraídos por el movimiento, vamos tras ellos; desaparecen tras una puerta, y nosotros les seguimos.

La ausencia de abrigos había alertado a los guardias de esta guarida, pues un cambio extraordinario nos aguardaba dentro. Nuestros conspiradores se habían quitado las capas y, reprimiendo en lo más profundo de sus corazones las pasiones subversivas que los habían animado momentos antes, fingían asistir a una función de zarzuela, una ópera cómica patriarcal y bondadosa, que otros conspiradores aparentaban representar.

Estos conspiradores son muy astutos; su teatro es un buen remedo. La sala no dista mucho de un salón de estar, con un pasillo central para la circulación; en los niveles superiores solo hay galerías, al fondo de las cuales asoman filas de puertas que dan a palcos donde uno puede retirarse durante los intermedios.

Palcos y balcones, llenos de encantadoras damas afiliadas a la sociedad secreta, simulaban estar interesadas en las acciones de un pescador llamado Rodolfo, que portaba un puñal y estaba enamorado de la hija de un conde muy imponente.

Como el pescador Rodolfo seguía hundiendo su puñal en el pecho de su rival, consideramos prudente abandonar la conspiración y regresar al refugio de nuestra fonda.

El sol de la mañana nos muestra de nuevo a los vitorianos, ocupados en sus quehaceres, con la nariz hundida en sus capas. Más allá de este aire misterioso, Vitoria es una ciudad muy animada y de aspecto muy moderno; la calle principal de la ciudad nueva parece una inmensa caja de cristal, con sus casas adornadas de arriba abajo con grandes miradores encristalados. ¡Cuántas cristaleras! Las fachadas sobre los jardines no son más que gigantescos paneles de cristal, y las calles transversales, vidrieras de ciento cincuenta metros de largo. Los vidrieros deben de estar prosperando aquí. Para quienes aprecian las etimologías serias, esto debería explicar el grito de los vidrieros en nuestra patria, pronunciado con profunda emoción: ¡Oh Vit’ria!

Vitoria no es especialmente rica en monumentos ni curiosidades. En la ciudad nueva —pues Vitoria se divide en ciudad alta, ciudad vieja y ciudad nueva— se encuentra la Plaza Nueva, un cuadrilátero de casas porticadas uniformes, adornado con un ayuntamiento moderno y de aspecto común. Es el tipo de plaza y monumento anodino que se encuentra en numerosas ciudades en desarrollo; nos lo volveremos a encontrar en Valladolid y en otros lugares. Bajo los soportales, la ciudad entera pasea al atardecer, cuando el tiempo no permite caminar por los senderos más ventosos del Prado o la Florida. Es entonces cuando la ciudad se encierra en las herméticas capas que nos sorprendieron ayer y que daban a la plaza el aspecto de un claustro sepulcral, poblado por personajes que parecían salidos de una novela de Anne Radcliffe.

¡Cuánto frescor y tantos abrigos en pleno junio, y eso que estamos en España! Cabe mencionar que Vitoria está a más de 500 metros sobre el nivel del mar. En realidad, hasta Ávila (situada a 1200 metros) solo subiremos, para luego descender hacia las abrasadoras llanuras de Madrid.

En las pocas calles de la ciudad alta abundan los palacios antiguos; con sus grandes escudos de armas, ricamente decorados, respaldan con orgullo una pequeña tienda de comestibles o algún estanco o tabaquería humilde.

En una de estas antiguas viviendas, con las fachadas ennegrecidas, y hoy dividida en pequeños apartamentos y talleres de carpinteros y torneros, nos topamos con un soberbio patio de tres pisos de arcadas, con una arquitectura renacentista notablemente elaborada.

En él ya nada se sostiene; algunos arcos cegados amenazan con derrumbarse, otros están tapiados con ladrillos o tablones; faltan trozos de escultura en los frisos, toda la fachada ha sido remendada como la capa de Don César de Bazán (3), pero aun así en el patio crecen flores y lechugas, los pájaros cantan en jaulas colgadas de las pilastras tambaleantes y la ropa de las familias flota alegremente en los tendederos, bajo los rayos de un sol auténticamente español.

Sin embargo, algunos de estos palacios aún están habitados por la antigua nobleza de la provincia. Así, vemos un enorme escudo de armas cubierto, en señal de luto, con un paño negro recortado que sigue exactamente sus contornos.

En el punto de unión del casco antiguo, de la ciudad alta y la ciudad nueva, se encuentra una curiosa plazoleta en la que desembocan las oscuras calles con las casas solariegas y las calles modernas, alegradas por los inmensos miradores que cuelgan de todas las fachadas.

El fondo de esta plaza es un verdadero cuadro, que ya ha servido de inspiración a numerosos pintores españoles. Entre altas casas amarillas, con balcones de hierro y casas más pequeñas, de una sola planta y sin tejado, asoma la gran escalinata que conduce hasta la Capilla de la Virgen Blanca. El atrio se asienta sobre la techumbre de las casitas de la derecha, tiendas de libros y de quincalla, sobre las cuales se ubica el gran pórtico gótico de dos arcos. El pilar central de este pórtico está decorado con una hornacina profusamente ornamentada, que alberga una Virgen rodeada de reverberos. Junto a la Capilla de la Virgen Blanca se alza el campanario de San Miguel, una iglesia construida sobre las murallas de la ciudad alta.

Antiguos edificios de aspecto monástico se extienden hacia la derecha, sobre los pequeños arcos o soportales situados a nivel de un primer piso.

Otra imagen sombría. Aquí está la tienda del vendedor de ataúdes, con su escaparate repleto de féretros de todos los tamaños y para todos los bolsillos. Encontraremos esta tienda tan poco atractiva en todas las ciudades españolas; no hay nada más aterrador que el ataúd de un niño pequeño, cubierto de coquetos adornos, colocado tranquilamente en la calle sobre varios baúles de viaje. Resulta que el vendedor de ataúdes es un manitas, y es también fabricante y embalador de baúles. Así, fabrica baúles para el viaje y para la eternidad.

Y hablando de baúles, tuvimos la oportunidad de admirar en la estación de Vitoria a la valija política, un baúl de profesión de fe llevado a las espaldas por un mozo en el andén. Era un enorme baúl nuevo, recubierto de chapas de cobre reluciente y tachonado de grandes clavos. Y tenía, en letras de 10 centímetros de alto, la siguiente inscripción:

VIVA LOS TRABAJADORES.

VIVA LAS ARTES, VIVA LA NOBLEZA.

***

Así culmina el ingenioso paso de Albert Robida por Vitoria. Desde la capital alavesa, y nuevamente en tren, partió en dirección a Burgos, no sin antes identificar que a las afueras de nuestra ciudad se encontraban “las grandes praderas montañosas donde tuvo lugar el último episodio de la ocupación francesa”, un desenlace marcado por el fuego y la sangre.

Además, como ya se intuía en el comentario alusivo a las “estaciones incendiadas”, Robida pudo ver a lo largo de su viaje las huellas de la última carlistada, perceptibles también en el paisaje accidentado y rocoso (quizás a la altura de Nanclares de Oca La Puebla de Arganzón), donde adivina la presencia de torres y fortificaciones situadas en altura.

De regreso al capitulo dedicado a Vitoria, resulta ingeniosa y divertida la alusión a los encapotados, convirtiéndola en ciudad de conspiradores. Los habíamos visto en la panorámica de la Virgen Blanca, pero Robida nos los muestra también al detalle, aludiendo a “una población misteriosa”.

El “edificio sombrío” al que se dirigen los encapotados en plena noche es sin duda el antiguo Teatro Principal de la ciudad, para cuyos espectáculos fueron frecuentes las criticas más desfavorables de parte de los viajeros que arribaban a esta pequeña ciudad de provincias. Y es preciosa la expresiva descripción del patio de ese palacio renacentista en pleno casco viejo, donde conviven la semirruina y la vida cotidiana. Ese edificio es el Palacio Bendaña, al que Robida dedica otro sensacional dibujo, con las lechugas, la ropa tendida y el ajetreo de los carpinteros.

Igualmente, es interesante la mención a otros palacios “habitados por la antigua nobleza”, en los que le llama la atención el enlutado de un escudo. En una entrada reciente, dedicada al fallecimiento de una importante mujer vitoriana en 1854, pudimos comprobar como la familia requería la “colocación de un paño de tela en los escudos de todas las capillas asociadas a la difunta”. Además, Robida también nos ofrece una preciosa vista de la Calle Cuchillería, enmarcando la Casa del Cordón y la desaparecida Casa de los Cubos (lamentablemente derruida en la primera mitad del siglo XX).

Hacia la recta final del texto, resulta muy expresiva la mención al vendedor de ataúdes y baulero: ofreciendo sus servicios para viajes de media, larga y eterna distancia. En ese periodo de finales del XIX, la calle Correría contaba con dos funerarias: la de Cándido Díaz (nº 6) y la de Luciano Maisón (nº 20), que seguramente inspiraron este pasaje de Robida. Tenemos la suerte de contar una fotografía de Enrique Guinea, obtenida hacia 1930 en la calle Constitución (actualmente la Calle Diputación Foral de Álava), donde vemos el escaparate de la funeraria del Sucesor de Cándido Díaz. El shock sigue siendo el mismo: los ‘artículos de viaje’ y los ataúdes conviven tan ricamente.

Y ya por último, encontramos esa alusión final a una extraña “valija política” en el andén de la estación. ¿A qué se refiere realmente? Resulta que en 1950, José María Iribarren fue el primer investigador en aludir a este paso de Albert Robida por Vitoria en su estupenda obra “Vitoria y los viajeros del siglo romántico”. Y al año siguiente, volvió a mencionar el texto en la revista festiva vitoriana Avance. En esa última ocasión, Iribarren apuntaba con humor sobre el críptico mensaje alusivo a los trabajadores, las artes y la nobleza:

Digo yo si sería de algún marques ladino, que con el “viva los trabajadores”, trataba de adular a los mozos de cuerda para que apechugasen por las buenas con aquel mundo inmenso, más pesado que un tren.

Quien tenga curiosidad por seguir el periplo de Albert Robida por territorio peninsular, el libro puede descargarse en pdf de la Biblioteca Digital del Museo del Prado. Y si alguien prefiere consultar un ejemplar de la edición de 1880, que sepa que la Fundación Sancho el Sabio cuenta con una copia en su sede de Betoño.

Para terminar, el capítulo vitoriano de Les vieilles villes de l’Espagne incluye un último dibujo de pequeño formato. Son un par de miqueletes, la policía foral guipuzcoana, a los que Robida retrataría a su paso por el País Vasco.

Notas:

(1) Sobre el chapeau Bolívar, puede consultarse su origen pinchado aquí.

(2) La expresión se refiere al Consiglio dei Dieci, uno de los máximos órganos de gobierno de la República de Venecia a partir del siglo XIV, célebre por operar de manera secreta y con grandes dotes para el espionaje.

(3) Remite a una popular opéra comique estrenada en 1872, con música de Jules Massenet y libreto de Adolphe d’Ennery y Jules de Chantepie.

Documentos empleados:

– Robida, Albert. Les Vieilles villes d’Espagne: notes et souvenirs (París: Maurice Dreyfous, 1880).

– Iribarren, José María. Vitoria y los viajeros del siglo romántico (Vitoria: Obra Cultural de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de la Ciudad de Vitoria , 1950).

– Iribarren, José María. «Del siglo pasado, aquellos conspiradores», en Revista Avance, nº 1951, p. 5.


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