Encuentro la inspiración para esta historia en un dibujo publicado el 12 de julio de 1868 en el semanario vitoriano El Mentirón. Como ya hemos apuntado en anteriores ocasiones, bajo la firma R. Bay se escondía un jovencísimo Ricardo Becerro de Bengoa, emprendiendo mediante este noticiero semanal de carácter informal una de sus primeras aventuras editoriales. En esta ocasión, vemos que el dibujo nos presenta el encuentro imaginario entre dos elegantes damas, cuya identidad conocemos gracias al pie de imagen: María Victoria, compuesta y emperegilada a la última moda, hace su visita de cumplido, a su vecina Arechavaleta en agradecimiento del caudal de aguas que le envía en estos calurosos tiempos.

Efectivamente, la personificación de la ciudad de Vitoria acude en 1868 hasta Arechavaleta, para agradecer al concejo vecino su aportación a las aguas de la ciudad. A la vista de esta ilustración, fueron varias las preguntas que me surgieron: ¿Cómo se tomó la determinación de emplear las aguas de Arechavaleta? ¿Desde cuándo se venía dando este uso? Y, ya para terminar, ¿el dibujo de Becerro de Bengoa venía a reflejar el final del acuerdo, un reconocimiento por los servicios prestados?
Por suerte, diversos materiales conservados en el Archivo Municipal de Vitoria-Gasteiz pudieron aclararme la cuestión. En primer lugar, se conserva el convenio entre el Ayuntamiento Constitucional de la Ciudad de Vitoria y el concejo y vecinos del pueblo de Arechavaleta y Gardelegui, un acuerdo alcanzado en el año 1820 para “la conducción de las aguas de estos a las fuentes de la misma ciudad”.
Como se especifica en este documento, la necesidad originó la búsqueda de nuevas fuentes de suministro:
Viendo al Ayuntamiento Constitucional de esta dicha Ciudad y su Junta de Obras la escasez de aguas generalmente observada en sus fuentes y especialmente en los meses de Agosto, Septiembre y Octubre y que las aguas que reciben, se introducen en los alcaduces (caños) de los riachuelos y pozos contiguos, experimentándose por lo mismo, que las que vienen son malsanas y capaces de dañar a la salud pública, consultó el punto con los médicos titulares, los cuales convinieron en el defecto que padecen las aguas de dichas fuentes y que aquellas se hallan alteradas en sus propiedades físicas, siendo este inconveniente mayor en el Otoño por la escasez que se nota.
Que con el objeto de cortar estos inconvenientes, evaluó el Ayuntamiento la materia con el Arquitecto meritorio de la Academia de San Fernando (Silvestre Pérez) y Don Manuel Angel de Chavarri, igualmente arquitecto de este vecindario y otros inteligentes, y despues de haber reconocido ciertos puntos de estas inmediaciones, fueron de sentir que las aguas de Arechavaleta y Gardélegui son más perennes y abundantes, no solo para el surtido de sus habitantes sino también para remediar en parte la necesidad de esta población. Y que podría verificarse, recogiendo e dirigiendo las sobrantes en sus contiguas cañerías.
Hay varios aspectos interesantes en este recorte. En primer lugar, la alusión a la escasez de aguas y a su insalubridad fue un problema constante durante toda la primera mitad del XIX, como se evidencia también en muchos de los debates entorno a las epidemias, tan frecuentes a lo largo de esa centuria. Es también llamativa la intervención de diversos “inteligentes”, con Silvestre Pérez y Manuel Angel de Chavarri a la cabeza. El primero es un celebre arquitecto neoclásico aragonés, aunque la mayor parte de sus obras fueron realizadas en el País Vasco. En Vitoria, diseñó varios edificios privados del ensanche y también el emblemático edificio del Teatro Municipal, inaugurado en 1821 sobre la parcela donde hoy se sitúa el Museo Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo. El segundo es un viejo conocido en esta web, pues ya hablamos acerca de su trabajo en una historia precedente, al ser el artífice del primer plano topográfico de la ciudad de factura local.
En ese convenio, se especificaba también que las obras necesarias de recolección, conducción y conservación serían costeadas por la ciudad, asumiendo también los perjuicios o daños que pudieran derivarse. Que una vez recogidas las aguas, se reunirían “en una sola arca, que se colocará en la mejor proporción posible”. O que Arechavaleta resultaría indemnizada por los gastos que había invertido en construir una fuente que ahora resultaría inútil, gratificándosele con cien ducados de vellón.
Además, se conservan varios legajos más con gran cantidad de información detallada sobre el proceso de ejecución de las obras. Son bien curiosas las tablas con los materiales requeridos (con gran cantidad de cal, sillería, aceite o arcaduces) y los listados semanales con el nombre y apellido de los oficiales y peones, y la cantidad de salario que se les debe. Según parece, fueron doce semanas de trabajo y figura el resumen del coste total de ejecución.

Por otro lado, entre los papeles archivados en el legajo hay una curiosa carta enviada por un par de vecinos de Hijona: Bernabé Ibáñez de Eguileta y Francisco Sáez de Ibarra. Se presentan como maestros alfareros y aseguran haber trabajado en la cañería que sostiene las fuentes antiguas de la ciudad. Sobre este último servicio no han recibido queja alguna, pues emplearon “el ventajoso metal de tierra”, algo que “no se halló en la que trabajaron en Berrosteguieta por comisión de dicha Ciudad, pues en breve se deshicieron en las entrañas de la tierra, por lo que ocasionaron a la misma infinitos gastos inútiles”.
Esa alusión a Berrosteguieta resulta clave, pues nos permite apuntar que, antes del proyecto que en ese momento estaban ideando, ya se dio una primera traída de aguas entre 1779 y 1780. En ese caso, el agua llegaba desde este concejo ubicado a los pies del puerto de Zaldiaran hasta la plaza vieja (actual Virgen Blanca), donde se situaba una fuente de ocho caños, representada en múltiples grabados y planos. Según lo dicho por los alfareros de Hijona, en esas obras no se empleó “metal de tierra” y el resultado fue catastrófico. Por esa razón, ahora que ofrecen sus servicios presentan una muestra del posible encañado, para que la corporación les diga si ven correcto el diámetro o altura, y a continuación les realice una oferta.
Llegados a este punto, no tenemos demasiada certeza del trayecto que realizaba el encañado para llegar desde Gardelegui y Arechavaleta hasta el centro de la ciudad. Sin embargo, tenemos la fortuna de contar con un expediente del año 1867 (justo un año antes de que Becerro de Bengoa realizará su dibujo), en el que se alude a una nueva obra que en ese momento salía a remate. Al parecer, pasadas cuatro décadas ya apenas llegaba el agua correctamente hasta las fuentes. Y la comisión del Ayuntamiento había encargado al arquitecto Francisco de Paula Hueto la nivelación y medición del trayecto, dando como resultado que sería necesaria una nueva tubería de cerca de 2500 metros y de 6 a 7 centímetros.
El breve escrito del arquitecto de la Real Academia de Bellas Arte de San Fernando resume bien el recorrido, por lo que vamos a transcribirlo:
Habiendo practicado la nivelación entre el ángulo de la derecha de la fachada del Palacio Episcopal y el arca de reunión de agua sita en el pueblo de Arechavaleta, resulta que el último punto esta seis metros cuarenta y dos centímetros más elevado que el primero; que la distancia que media entre ambos llevando el viaje por el paso de nivel del camino de Arechavaleta, y por la subida de la alhóndiga y calle del Resbaladero es de dos mil cuatro cientos treinta metros y por la galería construida debajo del ferrocarril y la cuesta y calle mencionadas es de dos mil trescientos veinte metros.
Y a continuación, se incorpora un sencillísimo plano con la dirección “que deberá tomar la tubería de hierro”, lo cual nos confirma que el punto final se situaba junto al Palacio Episcopal (actualmente el Centro Cultural Montehermoso).

Por suerte, contamos incluso con el anuncio o bando municipal, en el que se especifican las condiciones de la contratación de las obras:

Y se conservan las propuestas presentadas, entre las que figura el ciudadano ingles al que finalmente se adjudicó la subasta: Thomas Quirk. La Vitoria de aquel entonces, con algo menos de 20.000 habitantes, es un pañuelo para quienes investigamos el siglo XIX. A Quirk ya lo tenía fichado por la siguiente razón: su madre política, llamada Eleanor Hudson, falleció en agosto de 1865, y al pertenecer a la Iglesia Protestante la autoridad eclesiástica local mostró su negativa a poder inhumarla en el cementerio de Santa Isabel. Por esa razón, Quirk solicitó el permiso para enterrarla en un terreno propio, junto a la Fábrica de Gas que dirigía en el llamado ‘paseo del cuarto de hora’. Otro caso de intransigencia religiosa, parecido al que analizamos hace ya un tiempo en el tristísimo caso de Gumersindo de Aguirre.
Vemos por lo tanto que este empresario natural de Liverpool, y asentado en Vitoria, terminó siendo el responsable de la colocación de la tubería de hierro fundido. Poco despues, quizás alertados por la insuficiencia de las aguas de Arechavaleta y Gardelegui, el Ayuntamiento apostó por un proyecto mucho más complejo. En julio de 1868, el ingeniero Ricardo Bellsola presentó su propuesta para acometer la traída de las aguas desde los manantiales del Gorbea. Las obras se iniciaron al año siguiente y no terminaron hasta el año 1883. De este modo, en septiembre de 1884 se celebró un concurrido festejo de inauguración y, poco despues, quedo finalizado el depósito de aguas en lo alto del Campillo.
Para terminar, y ya que hemos aludido a los tres grandes proyectos para el abastecimiento de las aguas en la Vitoria del XVIII-XIX (Berrosteguieta, Arechavaleta-Gardelegui y Gorbea), contamos con otra preciosa ilustración de Becerro de Bengoa, publicada igualmente en El Mentirón el 25 de octubre de 1868. En esta ocasión, se trata de un afectuoso saludo entre dos personificaciones: el vino de Rioja, rechoncho y con aspecto de pellejo de vino; y el agua de Gorbea, de cuyos pechos brota el liquido elemento.

La fecha de publicación del dibujo es ligeramente posterior a la contratación de Bellsola por parte del Ayuntamiento. Nos muestra por tanto el gran proyecto de la ciudad en aquel entonces, y el encuentro de ambos personajes se produce “en pleno Mentirón gracias a la desaparición de los obstáculos, puertos y puertas que les impedían correr a capricho por Vitoria”. Efectivamente, abajo a la izquierda intuimos el esbozo de la famosa fuente de ocho caños situada en la plaza Vieja, con la estatua de María Victoria en la parte superior.
Documentos empleados:
– El Mentirón (12 julio 1868 y 25 octubre 1868).
– Zárate Martín, M. Antonio – «Vitoria: transformación y cambio de un espacio urbano» en Lurralde: Investigación y espacio, Nº 5, 1982, págs. 307-314.
– CONVENIO CON LOS CONCEJOS DE ARECHAVALETA Y GARDELEGUI SOBRE APROVECHAMIENTO DE LAS AGUAS QUE HAN DE REUNIRSE EN EL ARCA GENERAL DE ARECHAVALETA PARA SU FUENTE Y CONDUCIR LAS NECESARIAS A LAS DE LA CIUDAD (Signatura: 15\019\039).
– LISTAS DE LOS MATERIALES Y OPERARIOS EMPLEADOS EN LA CONDUCCION DE AGUAS DESDE ARECHAVALETA HASTA SU UNION CON LAS DE VITORIA (Signatura: 24\001\011).
– CUENTA DE LOS GASTOS ORIGINADOS EN LA TRAIDA DE AGUAS DE ARECHAVALETA Y MEJORA DE LAS FUENTES (Signatura: 08\004\006).
– TRAIDA DE AGUAS DE ARECHAVALETA (Signatura: 08\004\007).
– TRAIDA DE AGUAS DE ARECHAVALETA Y GARDELEGUI Y REMATES PARA ESTE
SERVICIO (Signatura: 41\006\013).
Imagen de cabecera:
– Fotografía de Enrique Guinea, la fuente de Arechavaleta (c. 1920). Signatura: Archivo Municipal de Vitoria-Gasteiz, GUI-IV-015_14.